**LOS SOLDADOS FRANCESES EN SONORA

Por: Gilberto Escoboza Gámez.**

Durante la Intervención francesa y el imperio en México, a los soldados invasores no les fue tan bien en Sonora como en otras partes de nuestro país, donde el terreno, el clima y las circunstancias les eran favorables. Aquí los extranjeros se encontraron con los descendientes de los hombres que lucharon durante mas de dos siglos contra los apaches y las tribus indígenas locales.

  Los sonorenses estaban acostumbrados a soportar los extenuantes calores y la sed, lo mismo que a vivir por muchos días con un aprovisionamiento de machaca y pinole en su morral de campana, permitiéndoles esa austeridad llevar a cabo dilatadas marchas sin tener que llevar burros y mulas cargadas de víveres.

“Los sonorenses -dijo en una ocasión el general Emilio Langberg, -no son una perita en almíbar; son individuos duros de pelar; expertos en el manejo de las arenas y valientes en el combate: Y esto no lo decía con una sonrisa en los labios, sino con la frente surcada por las arrugas de las preocupaciones, a pesar de que sus hombres, con otros jefes, habían paseado por Africa y Asia triunfante el pabellón galo, en plan de conquista.
  A duras penas, los sostenedores del Imperio lograban apoderarse de las ciudades principales de Sonora, pero solamente por unos cuantos días, dado que los republicanos volvían por el desquite, sin desanimarse si eran derrotados nuevamente.

El 4 de mayo de 1866 el Gral. Angel Martínez, enviado por el Jefe del ejercito de Occidente, don Ramón Corona, tomo a Sangre y fuego la Ciudad de Hermosillo que estaba en manos de los imperialistas. El Coronel José María Tranquilino (a) el Chato, adicto a Maximiliano y a los invasores, que defendía la plaza, salió huyendo como alma que lleva el diablo, con rumbo a Ures. El fugitivo encontró en el camino a una fuerza de la Legión Extranjera que venia en su auxilio, y el derrotado regreso con ella a reconquistar la ciudad perdida, logrando recuperarla.

Pero Angel Martínez, que no era de los que quedan muy conformes después de las derrotas, en cuanto logro formar una nueva fuerza armada volvió al ataque, el 13 de agosto del mismo año, y alcanzo a apoderarse nuevamente de Hermosillo. Empero, allí solamente pudo saborear las mieles de la victoria un poco mas de una semana; una columna francesa salió de Guaymas y recupero la plaza que habían perdido los hombres del Imperio.

altLos simpatizadores de Maximiliano tampoco lograron ser dueños de Hermosillo por mucho tiempo. El día 4 de septiembre los Soldados franceses y sus partidarios mexicanos, sufrieron una tremenda derrota en Guadalupe donde dejaron el campo sembrado de muertos y heridos. Entre los difuntos estaba el cuerpo del General Emilio Langberg.

Entonces los imperialistas, mas muertos que vivos -pues no era para menos-, se concentraron en Ures donde estaban sus cuarteles. Pero allí tampoco lograron disfrutar de un poco de reposo, ni siquiera de una buena comida, porque en las horas del peligro nadie saborea con fruición el mas rico platillo. Al din siguiente, después del medio día, cayo sobre ellos la tropa republicana que venia dispuesta a darles el tiro de gracia.

Los húsares franceses que lograron salvarse, salieron a campo traviesa rumbo a Guaymas, perseguidos por el incansable Angel Martínez y sus terribles macheteros. El día 13 de septiembre los galos se embarcaron en sus navíos, acompañándoles muchos mexicanos cuyas conciencias no estaban muy limpias para con la patria.

Tan precipitada fue la salida por Guaymas, de los extranjeros, que no tuvieron tiempo de llevar a sus naves varias de armamentos, municiones y víveres, que cogieron los republicanos el día 15.
Uno de los oficiales de Martínez, le dijo a su jefe después de informarse de la forma precipitada en que se embarcaron los invasores:

“Mi General, seguramente los zuavo recordaron el viejo refrán muy mexicano que dice: Mas vale que digan, desde aquí corrió una gallina, a que exclamen: aquí quedo un gallo.” Y relataban todavía después de unos ancianos parientes del padre de este cronista, que el General Martínez, que no había reído desde que llego a Sonora con el machete en la diestra, prorrumpió una estentórea carcajada que provoco un eco en el Cerro del Vigía.