Epifanio Zamorano R.
Habiendo sido traicionado el Libertador Hidalgo, y hecho prisionero en Acatita de Bajan el 21 de Marzo de 1811, se le condujo con los demás caudillos a la ciudad de Chihuahua, a la que arribó el día 21 de Abril de 1811.
Al Padre Hidalgo se le destinó como celda el cubo de la torre de la Iglesia del ex-Convento de Jesuitas, que abarcaba lo que hoy, divididos por la calle Libertad, son los Palacios del Gobierno del Estado y Federal; este último al lado norte. Aquella estrecha celda aún permanece intacta custodiada por un militar, y puede ser visitada en cualquier día hábil.
Por el frente sur del Palacio Federal frente a donde se encuentra oculto por la nueva construcción el calabozo, fue construida una columna en la que, con letras doradas aparece la siguiente inscripción: “Este es el lugar que sirvió de prisión al Sr. Cura Don Miguel Hidalgo y Costilla, Padre de la Independencia Mexicana, durante el tiempo que duró su proceso. De aquí salió el día 30 de julio de 1811 a regar con su sangre generosa la santa causa de la Independencia Mexicana”.
El español don Juan Ruiz de Bustamante fue quien instruyó sumario a Hidalgo, y el 6 de mayo se designó el Consejo de Guerra que emitiría sentencia según las declaraciones que les fueran entregadas; el cual estuvo compuesto por el Coronel Manuel Salcedo; los Tenientes Coroneles Pedro Nicolas Terrazas, José Joaquín Ugarte y Pedro Nolasco Carrasco, y el Capitán Simón Elías González; además el Teniente Pedro Armendáriz.
Para la formación de la causa se comisionó al Alférez Don Angel Abella, fungiendo como Secretario el Soldado de la Tercera Compañía Volante, Francisco Salcido.
Se dió al proceso particular del libertador el triple carácter de civil, militar y eclesiástico. Abella tomó con gran diligencia las declaraciones de Hidalgo durante los días 7, 8 y 9 de Mayo. Aquel declaró haber creído siempre que la independencia seria útil para el país; que concibió el proyecto de realizarla cuando Allende le aseguró que ya contaba con sobrados elementos.
Que en efecto levantó ejércitos, fabricó armas, acuñó monedas, nombró jefes, lanzó manifiestos y envió un agente diplomático a los Estados Unidos, y se responsabilizó por la matanza de españoles en Valladolid y Guadalajara. Que no ejerció funciones sacerdotales durante el movimiento por considerarse inhabilitado para ello; que no tomó objetos sagrados de las Iglesias; que no recibió sugestión alguna de Napoleón Bonaparte; y que sus acciones estuvieron fundadas en “EL DERECHO QUE TODO CIUDADANO TIENE CUANDO CREE QUE LA PATRIA ESTA A RIESGO DE PERDERSE”.
El Tribunal de la Inquisición arrimó leña a la hoguera al revivir un juicio contra Hidalgo que había sido archivado en 1800; mediante formal acusación que el 7 de Febrero de 1811 hizo el Doctor Manuel de Flores, Inquisidor Fiscal y que en su oportunidad fue enviado a Chihuahua.
Tomadas por Abella la parte de las declaraciones que le correspondían, el Obispo de Durango Francisco Javier de Olivares designó al Canónigo de aquella Catedral, para que instruyera la causa eclesiástica a Hidalgo. Y el día 10 de junio de 1811, el acusado mediante un extenso escrito rebatió los doce puntos que contenía la acusación de la Inquisición; y el día 14 el Juez eclesiástico dio por bien recibidas las declaraciones y regresó el proceso al Auditor Don Rafael Bracho para que emitiera su dictamen.
Este lo presentó el día 3 de julio resumiendo los cargos contra el Libertador, de quién opinó era reo de alta traición, mandante de horrorosos crímenes y monstruo tal, -decía- debería morir por ello, confiscársele sus bienes y dar al fuego sus proclamas y papeles; respecto al género de muerte, la más afrentosa que pudiera escogerse no satisfacerla la venganza pública, pero que dado el carácter sacerdotal del reo y la falta de verdugo que le diera garrote vil, debería ser pasado por las armas.
El día 29 de Julio se hizo comparecer a Hidalgo ante el Tribunal Eclesiástico, vestido con ropas sacerdotales, de las que fue siendo despojado prenda tras prenda, hasta dejarlo con traje de seglar, según las reglas prescritas por el Pontifical Romano. Consumada la degradación según la sentencia emitida; Abella hizo ponerse de rodillas al reo y en tal posición le leyó la sentencia de muerte a que había sido condenado.
Al alba del día 30 de Julio recibió Hidalgo los servicios espirituales de su religión impartidos por el padre Juan José Baca. Un día antes en los muros de su celda había escrito con carbón las siguientes décimas dedicadas al Alcalde Melchor Guaspe y a su Guardián Miguel Ortega:
A Guaspe.
Melchor, tu buen corazón ha adunado con pericia
lo que pide
la justicia,
aconseja la razón
y exige la compasión.
Das consuelo al desválido
en cuanto te es permitido
partes el postre
con él
y agradecido Miguel
te dá las gracias rendido.
Ortega tu
crianza fina,
Tu dulce y estilo amable
siempre te harán apreciable
aun
con gente peregrina.
Tiene protección divina
la piedad que has ejercido
con un pobre
desválido
que mañana va a morir,
y no puede retribuír
ningún favor
recibido.
Esta conducta humanitaria de Guaspe hacia el Libertador, le valió el que se le permitiera continuar en el país, al ser expulsados los españoles, ya consumada la independencia.
A las 7:00 horas fue conducido Hidalgo al patio del Ex-Colegio de Jesuítas; hoy patio del Palacio de Gobierno del Estado, donde fue pasado por las armas. Las primeras tres descargas no bastaron para concluir con aquella gran vida. Fue necesario que el Jefe del Pelotón de ejecución ordenará a dos de sus soldados colocar la boca de sus fusiles sobre su corazón y disparar, con lo que dieron fin a su nefasta obra.
El cadáver fue expuesto en una silla colocada sobre una tarima, a la derecha de la puerta principal del actual Palacio de Gobierno. Al anochecer se le condujo al interior del Convento. Serias dificultades encontraron para encontrar quien se prestará a decapitar el cuerpo del Libertador pues nadie se atrevía a hacerlo.
Recurrieron entonces a la cárcel pública y ofrecieron la libertad a reos que purgaban largas condenas, por hacerlo reusandose todos, hasta que localizaron a un indígena de la raza Tarahumara de nombre José Manuel, que aceptó pero aún fue necesario animarlo con sotol (licor regional) y prometerle además una limeta (botella de cuello delgado) del mismo licor. Conducido aquel infeliz, al Convento, a una orden del Intendente de las Provincias Internas Don Nemesio Salcedo, de un solo golpe de machete cercenó la cabeza.
El cuerpo decapitado fue recogido y velado esa noche por los Padres Franciscanos, quienes le dieron sepultura al día siguiente en la Capilla de San Antonio del Templo de San Francisco.
Tanto la cabeza de Hidalgo como las de Allende, Aldama y Jiménez fueron conservadas en sal por los practicantes del hospital y conducidas por ordenes del sanguinario Calleja a la ciudad de Guanajuato, en donde fueron metidas en jaulas de hierro que se colocaron en los cuatro ángulos de la Alhóndiga de Granadita donde permanecieron durante diez años, hasta que es vísperas de la independencia en 1821 , el pueblo las, rescató y condujo a la Ermita de San Sebastián.
Se impone decir que Hidalgo fue fusilado de frente mas no así Allende, Aldama y Jiménez que lo fueron por la espalda el día 26 de Junio de 1811, asignándoles el estigma de traidores.
El triunvirato que gobernó el país a la caída de Iturbide, dispuso que los cuerpos y cabezas de Hidalgo Allende, Aldama y Jiménez fueran exhumados y conducidos a la ciudad de México, en donde con grandes honores el día 16 de Septiembre de 1823, se les coloco en las criptas destinadas a los virreyes en el Altar Mayor de la Catedral Metropolitana.
Siendo Presidente de México el Sr. General Plutarco Elías Calles, considerando que aquellos venerable restos deberían reposar en el Altar de la Patria; dispuso que una vez más fueran exhumados y trasladados con los honores correspondientes, colocados en gaveta especiales y depositados en el monumento a la Independencia en el Paseo de la Reforma, lo que se cumplió el día 16 de Septiembre de 1925.