**SAN PEDRO DE LA CUEVA

 Por Ramón Martín Noriega Figueroa/ CRONISTA 

Como consecuencia de la Revolución Mexicana y aprovechando el río revuelto, aparecieron un gran número de bandoleros vaquetones, que en lugar de ponerse a trabajar, mejor se dedicaban al pillaje y a molestar constantemente a los pobladores de San Pedro de la Cueva y alrededores, exigiéndoles comida y dinero a la fuerza. 
Entonces esta gente como ya estaba hasta el copete de tanto atropello, acordaron formar un grupo para defender las pocas, pero valiosas pertenencias; de tal manera, que se unieron 50 hombre**s **mal armados. Se instalaron en un lugar cercano al pueblo llamado El Cajete y ahí hacían guardia.

Corrían los últimos días del mes de Noviembre de 1915, cuando en nuestro país existían sangrientas guerras de hermanos contra hermanos. El señor Pancho Villa gozaba de gran fama y se creía el elegido para la guerra, pues era terrible su proceder cuando encontraba la cosa fácil; pero cuando pisó nuestro suelo sonorense, ¿se le apareció Juan Diego?, pues nada consiguió que pudiera satisfacer sus pretensiones.

El general Plutarco Elías Calles resguardaba Agua Prieta junto al joven Teniente Coronel Lázaro Cárdenas y Cruz Gálvez, entre otros. El señor Villa miró hacia Sonora y creyó poder controlar el norte del país. Entonces subió a la Sierra Madre Occidental, enfrentándose con el intenso frió y con la incertidumbre.

El General Calles ya lo esperaba pacientemente. El señor Villa fue derrotado sorpresivamente. Después tomó Naco pero en el Alamito y Hermosillo, el General Manuel M. Diéguez le recetó otro descalabro militar, de tal manera que emprendió la retirada por La Colorada, después Tecoripa, luego Mazatán; y desde el puerto de Mátape divisaba San Pedro de la Cueva y Batuc.
En Mátape pasó la noche con toda su gente y allí tuvo conocimiento que había un camino que lo llevaba hasta Chihuahua y podía transportar la artillería sin muchos problemas. Enseguida un contingente de más de tres mil soldados emprendieron el viaje por el camino antes mencionado que pasaba por San Pedro de la Cueva.** Por otra parte, el señor Pancho Villa con el resto de la tropa salió de Mátape por una travesía que lo llevó directamente hasta Suaqui, lugar donde esperaría a los demás soldados junto con la artillería.
Villa y sus acompañantes, llegaron a Suaqui el día 30 de Noviembre. El día 1° de Diciembre, kilómetros antes de llegar a San Pedro, se adelantó un grupo de soldados para tantear el vad
o. Para esto, el grupo de voluntarios que se había formado para detener a los bandidos, ya tenían conocimiento de que se aproximaba otra gavilla (gente lépera de mal vivir) y salieron al encuentro de **éstos, y en el lugar llamado El Cajete, aproximadamente un kilómetro y medio del pueblo, empezaron a llegar los supuestos bandidos, les empezaron a disparar y de un de repente !que van viendo que no eran bandidos, sino una tropa de más de tres mil soldados!; entonces echaron a pelar y se escondieron para salvar su pellejo.

Los soldados que conducían la artillería, iban al mando de los Generales Margarito Orozco y Santiago Bracamonte. Cuando entraron a San Pedro de la Cueva, los oficiales descontentos por el recibimiento, ordenaron el encierro de las Autoridades Municipales con el fin de ajustar cuentas e investigar el motivo de aquel suceso y también dieron a Pancho Villa que se encontraba en Suaqui, pues en la balacera murieron cinco soldados villistas (entre ellos un sobrino del General) y un sólo hombre del pueblo llamado Mauricio Noriega, que no huyó ya que recibió un balazo en la rodilla que le destrozó el hueso y ahí murió por tanta pérdida de sangre.

Cuando recibió la noticia, el señor Pancho Villa muy enojado exclamó: - ¡Mañana vamos a ir a San Pedro para matar a todos nacidos y por nacer y pagarán muy caro su atrevimiento!-
Se supo que el enojo de Pancho Villa, no fue tanto por la muerte de su sobrino y de los cuatro soldados, sino que fueron otros chismes de mal gusto que le hicieron un grupito de ¡lambiones! sin escrúpulos y huérfanos de madre que andaban buscando llamar la atención y así obtener puntos, sin importarles un bledo sus paisanos.
El caso es que le calentaron la cabeza.

Al día siguiente dos de Diciembre antes de aclarar el día llegó Villa ordenando matar a todos, sin respetar edades ni sexo; así como es que empezó aquella horda de dorados a saquear casas, tumbando las puertas, destrozando y reguereando toda clase de provisión alimenticia como harina, café, azúcar, etc., también quemaron toda la ropa que encontraron.
El señor Pancho Villa ya tenía conocimiento que en la plaza de San Pedro lo esperaban los Generales Santiago Bracamonte y Margarito Orozco, así es que de inmediato giró órdenes a sus Dorados, que juntaran a toda la gente, nacidos y por nacer, hombres, mujeres, ancianos, niños ¡A todos los vamos a fusilar!.

Empezaron a juntar a la gente enfrente de la iglesia San Pedro Apóstol y ya había bastante gente en el lugar. Las mujeres gritaban, aclamaban a Dios pidiendo misericordia, esperaban un milagro para ser favorecidos de aquel endemoniado hombre, pero este, montado en un caballo prieto azabache y soltando una satánica carcajada, les gritaba: ¡Cállense porque ahorita no hay quien favorezca porque Dios está escondido en un almú y nada puede hacer por ustedes!

En esos momentos llega el General Bracamonte y se enfrenta con Villa y le dice: -¡Mi General! ¡No creo que esto tan descabellado se deba de hacer!, la División del Norte sufriría un gran desprestigio.

Pero Pancho Villa no entendía razones. Se hicieron de palabras los dos y estuvieron un buen rato discutiendo, de tal manera que se encontraban frente a frente y cuando estaba a punto de estallar la situación,** apareció la humilde figura de un caritativo y virtuoso sacerdote y con amable voz distrae la mirada de ambos. De no haber sido así, cualquiera de los dos hubiera muerto en ese momento.
**El caso es que el padre de nombre Andrés Avelino Flores Quesney, nativo de Nuri, con su ejemplar mansedumbre, logra que los generales se entiendan, de tal suerte que convence a Villa de que no se molesten a las mujeres ni a niños.
En cuanto se retiró el sacerdote empezó el fusilamiento y antes le preguntaba Villa: -¿Tienen dinero para pagar el rescate? Si no tienen ¡Jálenle!
“Primero cayeron tres chinos; luego Pedro Peñuñuri, Angel Núñez Figueroa, Luego mi padre Fermín Encinas”, platicó Don Idefonso Encinas que también estaba formado, pero se salvó, ya que contaba con 13 años y cuando lo miró Villa le dijo: -¡Estás muy chamaco tú, vete pa´ tu casa!

El sacerdote compadecido de que aquellos hombres estaban muriendo inocentemente se presentó nuevamente ante Villa y le suplica de rodillas que los perdone, pero este endemoniadamente le contesta: -¡Retírese padrecito y sepa que si vuelve, lo mato!

El caso es que siguió la matanza, los iba matando de 6 en 6.
El padre Flores, creyendo que Villa no era tan malo, vuelve por tercera vez a suplicarle y éste se enfurece y se abalanza dándole de golpes con las patas y puños hasta tirarlo al suelo; cuando lo ve tirado e indefenso, desenfundo su pistola y cobardemente le disparo a la cabeza.

Cuando se estaba retorciendo en su sotana negra, entregando su alma al creador, Pancho no conforme con eso, ordena a sus Dorados, que lo pisoteen con sus caballos hasta hacerlo pedazos y lo cubran con estiércol.

Consumado el sacrificio del Padre Flores, vuelve el General Santiago Bracamonte y se enfrenta a Francisco Villa. -¡Mi General! Le grita y se lleva su mano derecha a la pistola. -¡Ya no va a morir un hombre más!
Entonces los dos desenfundaron sus armas y se quedaron frente a frente, pero ninguno se animó a jalarle al gatillo.

Francisco Villa volteó su mirada a la fila de hombres y les dijo: -¡Eso que les valga!
El caso es que les perdonó la vida a diez jovencitos y 8 personas mayores que quedaban; pero dijo Villa que se los llevaría prisioneros para que realizaran los trabajos más duros y sucios; pero sin antes ordenar que quemaran todo el pueblo.
Pero sus oficiales, más conscientes de que aquel acto ocurrido a las tropas no fue más que una medida de defensa de los sampedreños y no de agresión como creyó Pancho Villa, incendiaron solamente pajares y algunas casas de las orillas para que este mirara, ya cuando se retiró, que sus órdenes habían sido cumplidas.

Hubo 8 hombres que se levantaron de entre los muertos, algunos con dos o tres balazos, otros solamente con rosones de balas, ellos fueron: Francisco Flores (padre del Sacerdote asesinado), Arcadio Rodríguez, Ventura Mendoza, Maximiliano Moreno, Juan Castillo, Francisco Romero, Francisco Gámez y Eusebio Rodríguez. Contaron que algunos soldados anduvieron picándole las costillas con las espuelas para ver si existía alguno con vida, pero ellos aguantaron todo de tal suerte que tuvieron oportunidad de contar el cuento.

Otros se salvaron porque se escondieron en un subterráneo de la casa de Angel Duarte. Los que se escondieron fueron: Enrique Duarte, Ismael Duarte, Manuel Encinas, el famoso compositor sampedreño Francisco Molina Fuentes, además de nueve muchachas. Otros se vistieron de mujer y también se lograron.**