Cierta tarde sonaron las campanas del Castillo El Álamo de Kibbey, un vigilante gritaba que venía una partida de yaquis, y todos corrieron a meterse al Castillo, sólo veían por las troneras apuntando con sus rifles.
Una viejecita que tenía un hijo muy malo de tuberculosis que prefirió esconderlo bajo unos petates, pero cuando los alzados llegaron revolotearon todas las casas que estaba afuera de la fortaleza y encontraron al enfermo, así que se lo llevaron de rehén a un lugar cercano en donde los aguardaban el resto de rebeldes.
Al poco mandaron a dos yaquis jóvenes a pedir un rescate; la viejecita corrió con Mr. Kibbey pidiéndole ayuda, y éste les dio dos caballos.
Al poco dos yaquis volvieron en los caballos que les habían dado, a pedir más rescate, y la viejecita corrió con Mr. Kibbey a pedir más ayuda, éste les dio un rifle.
Pero al rato volvió un yaqui solo a pedir más armas para poder soltarlo. Pero Mr. Kibbey mandó que encerraran a la ancianita aduciendo que se la va iba a pasar a puro corre y corre, y pide y pide, por lo que le dijo a un par de pistoleros “gringos” que estaban apostados en las troneras, que le dispararan al yaqui hasta matarlo.
Cuando los rebeldes se dieron cuenta de que habían matado al mensajero, la emprendieron a pedradas contra el rehén enfermo hasta dejarlos bien cubierto como si fuera tumba.
Doña María Gutiérrez a sus 96 años de edad, refiere que era muy bonita la vida en el Álamo, y que había un chino que se dedicaba a sembrar fresas y caña; cosechaba cajas de fresas y las hortalizas no faltaban. En aquella época llovía mucho y el arroyo siempre llevaba abundante agua.
Y es que El Álamo era una hacienda modelo cuyo presidente de la Sociedad Ganadera El Alamo era el propio W. Beckford Kibbey, y en Nogales, Arizona estaba la oficina a cargo de Teodora Maburg Jr.. También en Nogales vivían la esposa de Mr. Kibbey, doña Josefina Mix y sus dos hijas Julie y Sari.
Saca del baúl doña María Gutiérrez una carta redactada y firmada por puño y letra de Mr. Kibbey dirigida a don Agustín Gutiérrez, su suegro, en donde se menciona a otro empleado de esa hacienda, el señor Juan de Dios Gastélum que era un gran capataz.
De la temporada que vivió con su esposo Santiago en el Álamos, tiene muy gratos recuerdos, pero la mejor parte de su vida al lado de su esposo fue la que pasaron en el rancho San Carlos de su propiedad, en donde el trabajo como es normal nunca se acababa.
Entre los sucesos más notables que se registraron fue en el año de 1910 cuando apareció el cometa Haley, el mismo año en que ella vino al mundo; al tiempo su esposo Santiago le platicaría aquella anécdota en que un yaqui le dijo: “¡Mira Santiago, velo bien, porque cada 50 años aparece”; la verdad era que cada 70 años aparece el cometa, pero ¿cómo sabía el yaqui que volvería? Ya de viejo don Santiago decía que no se quería morir sin volver a ver el cometa, pero murió tres años antes de 1997, que fue cuando volvió a verse en el firmamento.
Don Santiago había nacido en 1898, y murió de 96 años, así que al morir era hombre longevo.
Toda una larga vida de radicar en esa bella comarca en donde como en todo el mundo pasaban tantas cosas. Doña María se acuerda cuando aún muy joven vio aparecer la Aurora Boreal, y como mucha gente era ignorante a este suceso, creían que iba arder el mundo y caían desmayados; “a nosotras no nos dio cuidado porque ya nos habían explicado de que se trataba de un fenómeno; pero se veía muy feo, todo rojo el cielo para el lado noroeste.
Mi tata nos decía que no nos asustáramos que ya había salido más antes en 1926, creo que yo tenía 16 años”. Y recuerda muy bien que había un muchacho llamado Higinio al que andaban sobando porque se había desmayado del susto, y que era un 15 de Mayo, día de San Isidro y estaban en El Coyotillo con doña Tuca. “Dicen que cuando llega el sol a calentar Alaska es cuando sale la aurora boreal”, comentó con una lucidez envidiable.
La vida en el rancho era muy bella pero se trabajaba día y noche, “el único descanso era desgranar maíz para los cochis que criábamos; sacaban agua del pozo, y aun embarazada ayudaba a jalar la bota de cuero a la orilla del pozo, era lo menos que podía hacer para ayudar a los vaqueros”.
En cierta ocasión llegó al rancho San Carlos, una coyota con la rabia, la coyota venía mordiendo de los demás ranchos, así que llegó y mordió a los perros de los “Turruntas”, unos yaquis que les ayudaban en el quehacer del rancho; estos agarraron un cautín, lo pusieron al fuego y cuando ya estaba al rojo vivo, a cada perro le quemaron la frente hasta hacerle una cruz, y con ello no les pegó el mal.
Los “Turruntas” fueron con el patrón y le dijeron que les pusiera la cruz a sus perros a los que también había mordido la coyota, para que no les pegara el mal, pero don Santiago no creyó que esto fuera efectivo, les dijo que eran puras mentiras.
Al “Policía” le pegó la rabia, lo supieron cuando le dio un brinco a Enrique Estrada que iba caballo, apenas se lo quitó con las chaparreras; era en la temporada de la fiestas de Octubre de Magdalena; el “güero” Valenzuela antes de irse lo cazó y lo mató. Al otro día llevaba un becerrito muerto a tirar, cuando el otro perro, “el capitán”, se le fue encima queriendo despedazarlo, y allí notaron que tenía la rabia. Santiago escuchó en el corral del pozo que andaba el perro ya muy mal, luego salió huyendo; lo buscaron y lo vieron en la loma en un bebedero lengüeteando el agua sin poder tomarla (hidrofobia). Santiago le gritó “¡capitán!” Y le pegó un hachazo en la frente.
Sucedió que las gallinas se comieron la sangre del perro “y a la mañana siguiente tuvimos que matarlas y quemarlas. Después nos enteramos que a las aves no les pega la rabia. Pero ya nos habíamos quedado sin gallinas y sin blanquillos”, dijo doña María.
“El Guardián”, un tercer perro, se había quedado encerrado en un cuarto, pero “el Policía” lo había mordido.
Nueve hijos tuvieron don Santiago y doña María, y todos ellos nacieron en San Carlos; la mamá de ésta, doña Lola era la Comadrona. Un día estando ya con ocho meses de embarazo “llegamos todos empolvados de Nogales, había yo comprado unos lentes oscuros, y cómo llegamos ya tarde, la luna le pegó en la cara al perro y nada de que me reconoció “el Rigoleto”, me saltó a la cara, así que con el susto perdí a la criatura. Era en tiempo de frío, sentí que el niño no se me movía, me puse boca abajo y nada”.
Sus hijos son Alicia (finada), Amalia (esposa de Edgardo Chavarín), Agustín, Abelardo, Alfonso, Arnoldo, María Antonieta y Armando.
Recuerda doña María que con el quinto tenía apenas dolores y su cuñada María le mandó decir a Santiago: “Tráete a la Güera para Magdalena porque se están muriendo muchas parturientas”. “Apenas llegamos al rancho de Iskaba y al apearme de la carreta me pegaron más fuerte los dolores; Iskaba tenía su caballo ensillado pues iba a una boda, así fue como corrió y le avisó a mi mamá al Coyotillo, y ella se encajó en el caballo y se vino, era muy buena partera”.Tomado de “Leyendas y Tragedias de Magdalena de Kino” Francisco Bustamante Tapia. (2006)