| s****aludos cordiales a todos ustedes. Pues aqui de nuevo subiendo mis crónicas culturales cajemenses y la fantástica leyenda de Cócorit de la década de 1940-1950, famosa por su humorismo en relación a los bombardeos obregonistas contra los yaquis. ¡Gócenla! Leyendas urbanas de Cócorit: El avión Bimotor Sonora en el Museo de Sonora en la Revolución. A de ser la alineación cósmica de los tres planetas con la tierra la razón por la cual el calor desminuyó y las noches refrescaron a nuestro grandioso hábitat por sus misterios, fantásticas leyendas y mitos, e ideal para visitar la ex residencia de don Pancho Obregón transformada en mi museo favorito después de caminar por las banquetas obstruidas por impunes automovilistas: ¡Toda una tradición de Cajeme optima para el marketing (mercado) turístico itescano! Y porque no, por nuestras calles desarboladas imitando al ecocidio de la cuenca baja del río Yaqui con sus pueblos tradicionales muriéndose de sed y sobre la avenida Nainari con sus lujosas residencias de la bella época “oviachera ” post revolucionaria transformadas en taquerías presentándonos un espantoso panorama dantesco-fauvista, liberal laico o conservador católico de nuestra sociedad en decadencia. Gran éxito tuvo el debut del afamado escritor, Genaro Cornejo ante las y los cultos literarios cajemenses en la pasada presentación del libro “Como Temiendo el Olvido” en la sala de usos múltiples del Museo de Sonora en la Revolución, presentado ante vasto público por el guaymense José Luis Islas Pacheco, director de museo y reseñado por el escritor tapatío Ramón Iñiguez Franco, aludiendo a un anecdotario de 1986 que usted ya leyó el domingo pasado y por el escritor hermosillense Ignacio Mondaca, dejándonos saber sobre la extensa obra literaria de novelas y cuentos por el citado autor de “La Sierra y el Viento”, quien, al relatar sus cómicas experiencias: —Llevando a cuestas un costal de orgullo y una maleta de libros sobre la espalda—. Terminó su intervención con la anécdota de Yécora, cuando lo visitaron los judiciales para celebrar emocionados “Justino Judicial”, una de sus novelas, y autografiando sus libros vendidos. Durante el vino de honor, le indiqué: —La próxima vez que venga a Cajeme, tráigase dos maletas de ejemplares a cuestas porque se vendieron todos… y a usted lo conozco por los artículos dominicales de Mayo C. Murrieta publicados en este suplemento—: “¡Sí, cómo no! Mi buen amigo Mayo”, contestó, aludiendo su entrañable amistad con él, en el Distrito Federal. También asistí a la presentación del Calendario Cívico del Boletín Oficial y Archivo del Estado de Sonora con magníficas fotografías antiguas, muchas de ellas previamente observadas en libros de historia, presentado en un audiovisual por la amable y entusiasta licenciada Dolores Alicia Galindo Delgado, bajo la luna y ambiente nocturno iluminado por velas sobre mesas redondas de aluminio en el jardín posterior de la residencia y frente al monumento “Memorial a los Héroes Desconocidos” con el impactante mensaje escrito sobre piedras labradas: — Miles de voces, / presencias y ausencias, / una memoria contra el olvido del pasado, / con el futuro—. Lamentablemente, no caía agua en su cascada al espejo de agua forrado con azulejo azul. ¡A de ser porque se la llevaron a la Ciudad del Pitic! Pero, afortunado fui al conversar con la atractiva decoradora de interiores, Roxana León Bórquez, egresada de la Universidad Autónoma de Guadalajara, sobre temas de su profesión en nuestra ciudad donde aún anhelamos, agrícolamente, el tradicional estilo imperio Luis XV en nuestras casas. —Vamos a plantar el “Árbol del Bicentenario” en plazas públicas de cada municipio de Sonora—, aludió, muy emocionada, la coordinadora general, Alicia Galindo Delgado, a quien, debajo de los arcos coloniales, le pregunté: ¿Qué especie de árbol se va a plantar? Espero, que esta magnífica idea no se politilice por la animadversión de los cajemenses contra los hermosillenses por el agua del Novillo—: = Una ceiba, por ser centenarias, como las plantadas en Cócorit =, sugirió, la regidora a quien no le pregunté su nombre ni afiliación partidista, pero, en lo particular, no estoy de acuerdo con ella, porque a los yaquis de la Loma de Guamúchil y de Tajimaroa, asentamientos del verdadero Pueblo Tradicional de Cócorit, les recordará, no la deidad maya precolombina sino la infame esclavitud en Yucatán de que fueron expuestos por el Régimen de Porfirio Díaz Morí y de la Revolución Mexicana. Como otra opción más viable, propongo recurrir a la flora endémica y emblemática del desierto de Sonora para plantar un gigante cardón, pitahaya o sahuaro que duran más de 200 años de vida, y como segunda elección: Un mezquitón, jito o palo fierro, sin llegar a escoger el tradicional álamo, yucateco, pino o eucalipto rompevientos del cajemismo conservador de anteayer. Después del sabroso vino de honor, salimos a la banqueta de la calle Nainari para observar la inusual ceremonia de iluminación de las mega fotografías del calendario, colocadas sobre las rejas de la otrora residencia estilo colonial de don Pancho Obregón por el Presidente Municipal, Manolo Barro, la licenciada Galindo y el caballeroso director guaymense José Luis Islas Pacheco, para proseguir con la visita a cada una de ellas, mientras nos reíamos por el comentario jocoso del director, al informarnos el porqué se sitúan en el exterior: —Es para que la gente las admire desde la calle debido a que no quiere o tiene miedo de entrar al museo—. Y terminar la noche con un magnifico espectáculo de juegos pirotécnicos como en feria regional. Aleccionador estuvo el Curso de Historia de México impartido por el escritor navojoense, José Rómulo Félix Gastélum y el historiador Benjamín Gaxiola Loya, del Instituto de Estudios Históricos de Sonora, A. C. en la sala del MUSOR atendido por unas treinta personas interesadas en los parajes históricos sucedidos desde la Sonora autóctona prehispánica a la Revolución Mexicana y el sonorismo asentado en la silla presidencial. Me gustó el formato, el encanto y la participación de los familiares (nieta y bisnieta) del general Álvaro Obregón contándonos anécdotas de su “Papá Grande”, como el caso de la fotografía del “Niño Corneta” de la milicia constitucionalista, dando ordenanzas opuestas para confundir al enemigo en batalla. Aproveché la ocasión para recorrer las salas del museo y quedar extasiado con la magnífica instalación de mascaras chivatos e indumentaria dancisitca de yaquis y mayos coleccionadas por don Pancho Obregón y por el realismo interpretativo de mi escena favorita e icono del recinto, como lo es el vuelo del avión bimotor Sonora a escala del original: No porque me recuerde el primer bombardero aéreo en el mundo sobre el puerto y bahía de Guaymas, o el de la isla de la Piedra, en Mazatlán; si no porque, me da risa, a carcajadas, el recordar la leyenda urbana cocoreña del pasado bombardeo del general Obregón sobre los yaquis “Alzados” en sus refugios de la sierra del Bacatete y pueblos del río; a quienes se les preguntaba: “¿No le tienen miedo a los aviones?” Ellos, con su típica altivez y con épica valentía, contestaban: —¡No, no les tenemos miedo!… para luego, añadir: —A lo que le tememos es: ¡A la “cuachada” que mata! Refiriéndose a las bombas que les arrojaban desde el cielo. Ja, ja, ja. |