alt  De aquel caserío sin orden ni concierto que nació como el Real de la Cananea, nada se recuerda.

Fue creciendo al peso del pico y al paso de los mineros venidos de todos los rincones del mundo, gringos, alemanes, judíos y hasta chinos.

Las casas pequeñas de madera, de lámina negruzca y puertas rechinantes fueron levantadas la mayoría por esa raza laboriosa venida de oriente en aquel pueblo que por estar tendido en un lomerío le daba un toque misterioso, en el que se podían tejer muchas leyendas dado al comportamiento de sus moradores.

Desde este barrio en la madrugada los asiáticos se encaminaban a la mesa norte a servir como cocineros en las casa de los directivos de la empresa minera norteamericana, así como para llevar a cabo ocupacioines que los mexicanos rechazaban.

Tomaban una pendiente tan pronunciada que sólo ellos la recorrían sin agitarse, su contextura era envidiable, su ánimo siempre contagioso, su sonrisa picarezca, así como su disposición para hacer los trabajos más aberrantes, como era ese de recorrer las calles recogiendo excremento humano en unas barricas colocadas sobre una batanga tirada por un caballo, labor a la que se negaba cualquier mexicano por más necesitado de empleo que estuviese.

Guillermo Lin era un oriental muy agradable con todos sus clientes, a los que al despuntar el alba les recogía el tambo de excremento para vaciarlo en una gran cisterna.

UN MAGO CON TALENTO

De prestar este servicio infrahumano vivía Guillermo Lin y siempre lo hacía con agrado, al menos en sus brillantes ojos rasgados esas impresión se podía apreciar.

Pero  luego de su ardua tarea en su recorrido por los barrios pudientes del mineral que empezaban a cubrir la nueva ciudad, centímetro recorrido que hacía centímetro con bellas residencias de extensos patios, todas en torno al palacio y la Plaza Juárez en su mayoría norteamericanos, Guillermo se retiraba a depositar el maloliente desecho humano lo más lejos posible, por el rumbo del Sal si Puedes.

Luego de sus laboes el buen chino se entretenía en inventar trucos, dado a que su gran pasión era la magia que heredó de su raza tna enigmática como telentosa inventora de la pólvora.

De hecho ciertas tardes de fin de semana montaba una rústica carpa en la pequeña plaza de la Cananea Vieja a donde se agolpaban los chiquitines presas de la subyugante magia, ya que detrás de una gran sábanas a guisa de telón, salía el mago con su sombrero estilo inglés, su indispensable capa negra hasta el suelo y en acento gracioso expresaba el abracadabra sacando del sombrero un conejo al cual apresaba de las orejas ante el asombro de los presentes.

Aunque los niñez del barrios se divertía a lo lindo, había gente a la que para nada les parecía gracioso el espectáculo de la prestidigitación y ese asombro ritual de hacer aparecer cosas de la nada, aun en el entendido de que el truco era ensayado miles de veces por su practicante con la sola intención de demostrar que las manos son más rápidas que la vista.

Un grupo de fanáticos religiosos que se escudaban en la opinión del cura del lugar, quien desde el púlpito llamaba a combatir todo acto de brujería aun el más inocente truco de magia, a la que llamaba él de magia negra.

Don Marcelo como le llamaban al sacerdote hacía todo lo posible por ponerle un alto a la magia del chino Guillermo Lin cuya aceptación por los pobladores era muy aplaudida; cierta tarde ya casi oscureciendo enque Guillermo bajaba por el puente llamado Paso del Norte nomás pasó la bóveda del arco, sintió cómo una lluvia de piedras caía en sus espaldas, logrando esquivarlas no sin dificultado gracias a su agilidad.

Mas cuando Guillermo llegó a tener visibilidad de quienes eran los atacante corrió hacia arriba por la resbalosa tierra y por sobre la villa del ren los correteó logrando atrapar a uno de ellos, que se hizo rosca pidiendo clemencia.

El chino agredido lo único que le pidió, le diera el nombre de quien o quienes los habían mandado a juntar aquella gran dotación de piedras, y por qué motivo debían arrojarlas contra su pobre humanidad.

El sujeto que había actuando con tanta alevosía sobre el asiático confesó que el cura don Marcelo les había mandado apedrearlo, que porque a su criterio practicaba la brujería.

No paró don Marcelo, quien declaró sentencia de muerte sobre el chino mago, aquel inocente y laborioso hombrecito aparentemente endeble por su estatura baja, pero de un espíritu tan noble que sólo soñaba con divertir a los niños y de pasos practicar lo que tanto disfrutaba, la magia blanca como diversión.

Lo que pasaba es que Guillermo Lin era tan bueno para desarrollar sus trucos que parecía un verdadero mago de carrera, que para los tiempos en que a él le trocó vivir en la Cananea Vieja, resultaba realmente un acto “diabólico como para asustar a las mentes mojigatas sin criterio y sentido del humor.

Guillermo Lin solía ir a tirar la “caca” hasta un paraje solitario atrás de los jales; el caballo pausado pero obediente llegó una media mañana hasta aquel sitio alejado del bullicio en donde no había señales de vida.

Era el lugar apropiado para darle muerte. De un peñascazo lo derribaron, le pegaron en la nunca, y ya en el suelo lo lapidaron hasta fomar una tumba de puras piedras de todos tamaños.

Allí quedó como testimonio de la intolerancia, de la ignorancia supina y del odio que nace de corazones azuzados por religioso fanáticos y retrogradas, todo mezcado concierta dosis de xenofobia

La policía que desde la Comisaría del Ronquillo nunca acudió a localizar al desaparecido chino, a pesar de que el caballo se devolvió solo hasta la casa del asiáticos, así que dejaron la cosa de ese tamaño, declararon se había marchado el chino mago a su tierra para jamás volver a causa de las amenazas de un marido ofendido ya que se había enredado en un amorío con una casada.

Eso dijeron y eso publicó el periódico La Mina, y el viento de la impunidad se encargó de darle vuelta a la página.