En el año de 1827 ocurrió en Sonora la expulsión de los españoles, aquellos que se aferraron a la intransigencia del rey Fernando VII para reconocer la autonomía de nuestra patria.

Pese a que la ley que autorizaba dicha expulsión no entraba en efecto, vecino de Arizpe hicieron varias gestiones para que se diera cumplimento, caldeando los ánimos la invasión que encabezó el general Isidro Bardas.

 Así las cosas, se recrudeció aun más la campaña contra los “gachupines” recibiendo pasaporte para salir del país varios de estos peninsulares cuya lista de nombres se colocó en la paredes de varios edificios públicos para que al pueblo no le quedara la menor duda de quiénes eran los imperialistas que no se sujetaban al régimen republicano.

De los principales pueblos en donde había facciones con varias denominaciones de iturbidistas, borbonistas, centralistas y federalistas, yorkinos y escoceses, tuvieron que salir a la madre patria.

 La calle Ignacio Allende parte de las puertas de una casona, quizá la segunda más antigua del pueblo de Magdalena de Kino. Por aquellos años de la expulsión de los iberos la gente le llamaba el callejón de La española.

Este callejón remata en una vivienda con rechinantes pisos de madera. En ella vivía don Sabás García Aravi, dedicado al comercio y a la agricultura logrando amasar una considerable fortuna.

En los de sus viajes a su tierra retornó con una joven esposa; se decía que no había otra mujer más hermosa que hubiese pisado la villa de Magdalena.

La mujer ibera contrastaba con la imagen de su marido, un hombre bajo de estatura, medio encorvado, receloso, sobre todo detrás del mostrador en donde se había granjeados no pocas antipatías con los clientes.

La española era toda bondad, cordialidad y bellos modales, notándose claramente que proveía de familia de clase media a la que seguramente sus padres comprometieron con don Sabás, a quien veían como un conveniente esposo adinerado y destacado comerciante establecido en América.

La vida en aquel matrimonio transcurría sin novedad, poco se les veía juntos, salvo cuando cada domingo muy temprano se presentaban en el templo, después de la misa entraban hasta la sacristía a saludar al Fraile, se ponían de rodillas y le besaban la mano.

Vino la primer hija, luego otra y a la señora de García Aravi empezó a participar en sociedad llevando a sus niñas a la escuela, tanto ellas como la madre eran encantadoras.

El colegio quedaba contiguo al templo y camino a la casa estaba la tienda de ropa de don Sabás quien por la ventana vigilaba cauteloso y con desconfianza los pasos de su familia.

Las navidades era tiempo propicio para hacer actividades a favor de los niños pobres, y la española como la llamaban, por su carismática personalidad era muy solicitada por el grupo de damas para que encabezara los eventos. Lo que don Sabás aprobaba a regañadientes.

Como en esas época no había más escuela que el Colegio Apostólico, los jóvenes acudían a tomar su educación aunque no tuvieran la vocación sacerdotal, de todas formas tomaban obligadamente las clases de latín y griego, filosofía y teología. Miguel Liceaga era uno de esos jóvenes de brillante futuro por distinguirse tanto por su aplicación en las materia como en su trato amigable y cariñoso. De frente amplia, corazón henchido de alegría como sano era su espíritu, entró en contacto con la española cuando ella lo seleccionó para que representara al Señor San José en el nacimiento que se colocaría en el salón de actos de la parroquia.

Ella lo ayudó a cambiarse, le colocó la larga barba y la peluca que hacía al joven verse un hombre mayor en apariencia. La señora respiraba muy de cerca toda la juventud que éste traspiraba.

El joven Liceaga empezó a ser objeto de envidias por parte de sus amigos y no se diga la comidilla del pueblo; las lenguas se soltaron y hablaban de un romance de novelas. Lo sugestivo de esta chismorreo, era la diferencia de edades, ella una mujer de unos 36 y en cambio Miguel apenas andaba acabalando los 20 años.

Los rumores llegaron hasta los oídos de don Sabás quien la tomó con tranquilidad, sin precipitarse y dar crédito a las habladurías prefirió mejor investigar. Nunca mortificó a su mujer con sus celos, su comportamiento fue normal y no como lo haría cualquier hombre maduro con mujer joven. Se encerró en un mutismo que ella notó y se imaginó el porqué de su actitud, mas no tuvo valor para aclarar lo falso de las habladurías.

Más como todo lo que se dice a nuestras espaldas es la verdad, al arreciar los rumores, también el rico comerciante aceleró las pesquisas, pagó grandes cantidades de dinero para que le trajeran noticias confirmadas del comportamiento de su esposa. Una vez que tuvo los pelos en la mano, soltó una mayor cantidad de dinero para que el amante desapareciera del pueblo.

Cuando el joven Miguel Liceaga se vio descubierto al recibir el ofrecimiento por parte del marido agraviado, lo rechazó. Y antes al contrario empezó a fanfarronear de sus amoríos y los lugares en donde se veía con su bella amante, sabiendo que despertaba aun más el morbo y la envidia.

No fue nada difícil para don Sabás enterarse de donde tenían su nido de amor los enamorados. Como ella había aceptado dar una clase en el colegio, en el ático de la dirección ante cualquier descuido se amaban intensamente aquel par de almas que palpitaban llenas de pasión. Un sujeto de mala catadura clavó la daga tres veces en el vientre del joven ante la mujer horrorizada que lo vio morir exhalar el último aliento en sus brazos. Si, dentro del Colegio se cometió el crimen.

Don Sabás siguió con su vida aparentemente normal, pero la tienda poco a poco se fue quedando vacía, las ventas se vinieron a bajo. La española se encerró en sus aposentos y jamás se le vio salir, ni siquiera a misa. Las niñas ya no volvieron a la escuela porque una tía vino por ellas para llevárselas a la madre patria.

Al ejecutarse la ley expedida el 20 de diciembre de 1827 que autorizó la expulsión de los españoles, don Sabás fue conducido a un carruaje con pocas pertenencias. La casona logró venderla a una familia Terán, con todo y mobiliario.

Pasaron los años y de la española no se volvió a saber nada. Quienes participaron como auxiliares de la autoridad para llevar a cabo la deportación de los gachupines dijeron que en la villa de Magdalena nomás se había procedido con personas del sexo masculino. No faltó quien opinara que la mujer había salido antes escondida en otro carruaje cuando se supo que iban a ser deportados. Pero esa versión siempre fue desechada.

La casona quedó como mudo testigo de la misteriosa desaparición de la mujer más bella que haya pisado estas tierras. Al paso de los años esta tragedia cayó en el olvido, y ya ni siquiera los más viejos recuerdan lo sucedido en la calle de la española.

Tomado del libro Tragedias y Leyendas de Magdalena. Autor Francisco Bustamante Tapia.