Por Francisco Eloy Bustamante

De niños, subíamos al cerro de Fátima a ver la “tumba” de la viejecita a la que mataron los coyotes hambrientos. El solitario montículo con cruz de madera aún está allí después de  noventa y dos años de que fue construido.   Tomábamos una piedra, la dábamos un beso y la lanzábamos con la intención de espantar los coyotes.  Esa era la costumbre y que llevaba al pie de la letra por todos la chamacada que asistía cada sábado al catecismo.    

Pero la capilla nunca ha estado allí, la construyó a principios de los años 60s del pasado siglo un comité de vecinos encabezado por doña María Sandoval de García. El Padre Luis Valencia  fue quien más pugnó por llevar a cabo esta obra a la cual atendía espiritualmente.     

 

La leyenda que aun se cuenta entre los vecinos de ese barrio, habla de una viejecita que vivía en Guadalajara. Su hijo se había ido a los Estados Unidos a probar suerte. Estando allá se enroló en el Ejército para ir a la Primera Guerra Mundial que se desató con el magnicidio ocurrido el 28 de julio de 1914 del archiduque Francisco Fernando heredero al trono Austro Húngaro.

Un fanático un nacionalista Servio le disparó y desató la guerra.  Según una carta que quedó como testigo de esta tragedia de puño y letra del hijo, éste le pide a su madre al no poder ir a verla ya que se iba a la guerra, pero que quiere verla, se viniera a Nogales en Ferrocarril, y que al bajarse en la estación caminaría en la mismo sentido del tren hasta llegar a un arroyo que a su vez la iba a conducir hasta la línea divisoria y que allí la iba a estar esperando. La Estación en Nogales estaba bastante retirada de la línea. alt  

Pero aquella señora se bajó en Magdalena al oír que llegaba a la Gendarmería Fiscal. Como en ese tiempo Nogales era muy pequeño, “la garita” estaba en Magdalena.    

  Siguió la viejecita por el mismo sentido del tren hasta encontrar un arroyo (de la Madera), por el cual se adentró. Cuando se vio perdida ya estaba oscureciendo, entonces pensó en subirse al cerro más alto para poder divisar. Vio que el pueblo quedaba muy lejos,

ya que en ese tiempo apenas si tenía 3 mil habitantes. Y como se le hizo noche ya no supo ni qué hacer, buscó cómo pasarla allí, se acomodó en sus envoltorios y se quedó dormida.  

   En aquella soledad para su desgracia la atacaron una manada de coyotes hambrientos que dieron cuenta de ella. Al día siguiente un vecino que andaba a caballo vio las auras y pensó subir a ver qué animal estaba muerto, pero se encontró con el despojos de la viejecita.    

 Dio parte a la policía la cual encontró entre sus pertenencias la carta del hijo, y así fue como se supo esta historia.     El pueblo se sintió impactado con aquella tragedia y  subieron a hacerle un montículo rústico.  

La gente también iba a curiosear al enterarse de la forma tan cruel como había muerto la viejecita, presa de los salvajes animales de uña, por lo que en un acto de devoción salido de lo más puro del corazón tomaban una piedra, la besaban, y se la aventaban al montículo con la intención de espantarle los animales, ya que ella no había podido defenderse sola.