POR FRANCISCO ELOY BUSTAMANTE
No era un ataque más de los depredadores ni tampoco una plaga apocalíptica; fue la lujuria y la insidia desatada por un hombre llamado don Andrés Cienfuegos, porque conforme a su apellido, asi era.
Se apellidaba Cienfuegos, y la insensatez estaba con él, dado a sus pensamientos pecaminosos, siempre empeñado en llevar a toda costa a su cama a cuanta india veía en el Real Presido de San Pedro de la Conquista del Pitic.
Pero los pocos soldados indígenas que juraron fidelidad a la Corona, buscaron la forma de vengarse de este depravado gachupín.
Lo vigilaron día y noche sin poder impedir que este siguiera mancillando a las mujeres de corte moreno. Y nada pudieron hacer por un tiempo, en vista de que don Andrés Cienfuegos, capitán de las milicias ascentadas en el Real Presidio, habiendo tenido en España toda una vida de convicto, esto le hizo agudizar sus sentidos y se valía de cualquier argucia para bloquear los propósitos de los indios.
Cosa que él astuto Capitán maliciaba y se les adelantaba a cada paso que ellos daban en su conspiración.
Pero tenía don Andrés quien le cuidara las espaldas en tanto daba rienda suelta a sus pasiones desatando todos los fuegos en su ser contidos.
Fray Cástulo de Peñaflor, adivinaba por su parte que algo trágico se cernia sobre el Presidio de por si ya sujeto a los avatares del destino en tierra de indios.
Intuía sin equivocarse que en el ceno de aquella pequeña comunidad que estaba intramuros guarecida de los fieros ataques de los varios grupos tribales, hervía el odio y la sed de venganza.
Fray Cástulo Peñaflor envió un mensajero con el Capitán, a uno soldado español que se sabía era el de todas las confianza, para hacerle saber que algo sombrío veía en el panorama y que por ello presentía una tragedia entre los moradores del Presido, pudiéndose destar una revuelta de fatales consecuencias.
Los soldados indígenas supieron que Don Andrés Cienfuegos al escuchar el llamado de atención del Fraile, l había zaherido, así que el mal ya estaba resuelto contra el amo y contra toda su casa, pues era un hombre tan perverso, que no había quien pudiera hablarle.
Toribio Wikit, un joven y ágil soldado converso, decidió llevar a cabo un ataque siucida, tomó un pasadiso secreto que conocía y estanfo delante de los aposent de Don Andrés, lanzó la antorcha dando cuenta de toda la habitación. El fuego incontrolable cundió arrazó con bodegas y toda construcción. Las paredes del Presidio en parte se desmoronaron con la intensidad del fuego.
El primero en morir fue Don Andrés y la inida que dormía a su lado. En cartas enviada a sus superiore Fray Cástulo Peñaflor dio un número de 45 soldados calcinados y 20 heridos de gravedad.