Literatura escrita por mujeres en Sonora:

  la deconstrucción de estereotipos                          

POR Inés Martínez de Castro 

Referirse solamente a la literatura escrita por mujeres y/o femenina siempre me produce desasosiego, como si transitara por un terreno arenoso que, en cualquier momento, pudiera convertirse en mi propia trampa. Entonces, me enfrenta la pregunta -lugar común que tantos se han formulado ¿existe una literatura femenina? ¿porqué‚ nadie se refiere o estudia la literatura masculina?

 Intento responderla y llego a la conclusión de que por lo mismo que no se hace referencia a literatura heterosexual o blanca, porque la apropiación masculina —al igual que la heterosexual o blanca— está consagrada y no hace falta estudiarla como un fenómeno aparte; en cambio, la apropiación homosexual, negra o femenina no lo está.

Por eso, por lo reciente de la apropiación literaria de las mujeres, por lo menos pública,  y la resistencia al reconocimiento de ésta, el correr de la tinta y la sensible inestabilidad del terreno. En la negación o resistencia social al reconocimiento de la apropiación de la literatura por ciertos  grupos  sociales, —entre los que se encuentran las mujeres- tiene que ver, según casi todos los autores consultados—  las relaciones de dominación-subordinación de un grupo ante otro. Más adelante volveremos sobre este punto.

 

En nuestra cultura, la mujer siempre ha sido lo otro (a), lo dependiente, y lo que escribe esa otra, ni siquiera ha sido considerado, en muchos casos, con categoría de literatura, ni las mujeres que la escriben, escritoras, sino cuando más señoras que escriben, que se divierten, que así gastan su tiempo de ocio.

Los comentarios que han hecho muchos escritores y críticos varones sobre el éxito reciente de escritoras latinoamericanas  parece, en muchas ocasiones, salpicados de misoginia proveniente de la desvalorización de lo femenino ya que juzgan a esta producción como falta de profundidad, de complejidad, no la consideran como verdadera literatura, aunque es visible que la literatura escrita por mujeres en el mundo va en aumento, así como su consumo y el incremento exponencial del número de lectoras. Pero revisemos, brevemente, algunos intentos de conceptualización de la literatura femenina.

En primer término, algunos autores como Lea Fletcher y Angélica Gorodischer, en su obra Mujeres y escritura hacen una diferenciación entre literatura femenina (que incluye mujeres que escriben como tales, como se supone que escriben las mujeres  —Obras completas de Inés Arredondo—) y varones que escriben como mujeres —Madame Bovary de Flaubert—-) y literatura escrita por mujeres  “…escrita por personas con características culturales de mujeres, (que incluye mujeres que escriben como tales y mujeres que escriben como varones” —El libro vacío de Josefina Vincens, las obras de M. Yourcenar—).

 

Esta clasificación negada o aceptada parcial o totalmente  se tambalea verdaderamente cuando se plantea qué es lo considerado femenino en la literatura, o cómo se presentan las características culturales de la mujer (como concepto) en un texto literario. La materia prima de la literatura es el lenguaje;  sí existen diferencias entre la apropiación del lenguaje por parte de las mujeres y de los hombres, el de las primeras  es considerado suave, eufemístico, agradable, no agresivo, pero sobre todo, mucho mejor si se puede  cambiar por el silencio. Con este lenguaje no se puede organizar la sociedad, solo obedecer, es el lenguaje de la sojuzgación.

Si se desea  destruirla, habría que adoptar el lenguaje masculino, su sintaxis, sus giros, su tono emocional, y así, se deja de ser mujer y se  adhiere al otro. Pero si se inventa un nuevo lenguaje, se ahondan diferencias y se acata, de nuevo, el decreto masculino del distanciamiento, de la diferenciación. Es decir, igualar nuestro el lenguaje al masculino o diferenciarlo, utilizando el heredado o inventando uno nuevo, trae como resultado representar la subordinación: he aquí la contradicción que hace inasible la literatura escrita por mujeres y de esta forma indefinible.Hay autores como Sara Sefchovich  que plantean lo femenino en la literatura de la siguiente manera: …por la opresión, por la pasión enjaulada, por la falta de perspectivas. Y no porque el  ámbito doméstico‚ no contenga su grandiosidad, sino porque dentro de él sólo se ha dejado espacio a la asfixia sin permitir que surja y se desarrolle la creatividad. Por eso en la escritura de las mujeres aparecen el hogar y los hijos, el matrimonio y los amantes, el cuerpo y el erotismo, la vejez y la religión, la culpa, el miedo y las ganas. Emociones que parecían privadas…lo que se ha dado en llamar ficciones íntimas, doméstico‚ subjetivas y sentimentales, para devaluar precisamente aquello que nutre en lo fundamental al ser humano. En cuanto a las características formales de la escritura de las mujeres continúa diciendo:…debido a la falta de apropiación del mundo: poca complejidad, menor problematización, una estructuración plana…un lenguaje menos rico, con menor innovación formal, menor experimentación y menos metáfora…la grandiosidad parece poca porque no existen los temas del hambre, la miseria, la metafísica, la duda existencial, el mundo a descubrir y a nombrar 

En este sentido, Elvira Orphée comenta que el mundo cerrado en que han vivido las mujerer, durante siglos la ha obligado a vivir hacia el interior, a diferencia de los hombres, vivir imaginativamente lo que se les negaba en la realidad —esto es evidente en la obra de la escritora chilena Ma. Luisa Bombal, como en sus novelas La Niebla y La amortajada,  por ejemplo. Además, las mujeres aprendieron a fijarse en las pequeñas cosas, lo cual  está presente en la literatura escrita por mujeres.

 

Hasta aquí, se ha planteado lo femenino de la literatura, por una parte,  en el lenguaje diferenciado y la manera en que a través de él, la mujer se apropia o no del mundo; por otra, también‚ se ha expuesto una postura más tradicional que engloba aspectos de contenido y estilo. Ambas posturas se apoyan, como se expuso, como resultado del lugar subordinado que ocupa la mujer en la estructura social, y que ha determinado la conformación del sujeto-mujer-escritora y que, de alguna manera, esa condición se hará  presente en su producción literaria.

Muchos casos de obras escritas por mujeres (y también por hombres) evidencian que la relación entre los condicionantes sociales del autor y el corpus literario no es mecánica,  es muy difícil si no imposible armar una correspondencia exacta, ni siquiera de género sin el auxilio de información extraliteraria. Es decir que muchas veces, no se llega  a saber si el escritor es tal o escritora. Además, esta tesis ignora la capacidad humana de imaginar y crear mundos alejados de la realidad cotidiana que viven los individuos y si  fuera así gran parte de la literatura universal nunca se hubiera escrito (Agatha Cristi).

 Si partimos además de la perspectiva género para el análisis, se sostiene esta postura ya que este nuevo planteamiento sostiene que  sobre  el sexo biológico  se construye el género, es decir, que el ser hombre o ser mujer es un constructo social y como tal se transforma en el tiempo y el espacio y puede cambiarse.

 Algunos postulados de críticos literarios afirman que la cuestión del sexo del autor no tiene nada que ver con la calidad de la obra literaria, y en eso coincido con Giardinelli cuando escribe: …porque nosotros nunca hemos creído en el sexismo literario y para nosotros un buen texto es sólo aquel que nos entusiasma por su escritura y lo que esa escritura sugiere, que nos impacta por sus originalidad, que nos motiva por lo que significa que nos conmueve por su combinación ético-estética, y al que jamás le buscamos —ni siquiera le miramos— genitalidades literarias. Sin embargo, en nuestra cultura falocrática, el hecho de que el autor de un libro sea mujer repercute muchas veces en los juicios de valor sobre  la obra literaria; porque, aunque ha habido muchos cambios y avances en cuanto a la equidad entre los géneros en variados aspectos de la vida, todavía se considera la inteligencia y el rigor como atributos preponderantemente masculinos; esto aunado a que las características  enumeradas por Sefchovich sí se cumplen en cierto número de obras producidas por mujeres y creemos que eso no tiene relación directa con la calidad,  el problema es la poca valoración de lo privado ligado a lo femenino. El sexo del autor  provoca juicios a priori e impide el acercamiento del lector al texto.

Otro criterio para evaluar la escritura de las mujeres, como afirma Guadalupe Aldaco, es el feminista.”Se piensa que porque la autora es mujer necesariamente va a plasmar, primero, el tema de la mujer, y después‚ el de su subordinación y emancipación”‚ esta es la propuesta de algunas feministas y en la literatura sonorense escrita por mujeres tenemos el caso de Margarita Oropeza. Este criterio ideológico subordina al estético que es el más adecuado para abordar una obra literaria. Así, encontramos obras feministas que son aberrantes al contrastarlas con los presupuestos de la estética vigente.

Con relación a este punto, expone Farienne Bradu: “Mal que bien, se ha admitido con el tiempo que la revolución no se hace con los libros pero, entonces por qué‚ exigirles a las escritoras  una participación en un movimiento (feminista) que tampoco habrá  de realizarse en los libros”. Sin embargo, el trabajo con la inteligencia, con el pensamiento  en el ejercicio literario hace evidente para las escritoras la situación de inequidad, desventaja  e injusticia que viven aún la mayoría de las  mujeres en el mundo y de ahí a la militancia sólo hay un paso.

 Todo lo expuesto hasta este momento ha sido en referencia a la práctica literaria de la creación por mujeres, y creemos que sigue en pie la polémica de su caracterización diferenciada frente a la literatura escrita por hombres. Tocamos, de pasada, la recepción y valoración, pero en cuanto a la difusión de la literatura escrita por mujeres podemos decir que ha sido muy escasa y esto va de la mano con los juicios de valor, si la escritura de las mujeres no se considera “literatura” entonces no habría porque publicarla, difundirla. Asimismo, esta carencia de difusión no significa falta de producción y sí un acceso tardío de las mujeres a otros  ámbitos de la vida social fuera del hogar.  

Panorama de la literatura sonorense escrita por mujeres

 

La investigación sobre la literatura sonorense es muy reciente y prácticamente lo que se conoce hasta hoy es lo sucedido durante el siglo XX y algunos estudios preliminares sobre el XIX. De cualquier manera, la producción literaria de mujeres que es  conocida, porque ha sido difundida, conforman un corpus escaso. Sin embargo, en los años recientes, la producción y la difusión de la literatura escrita por mujeres se ha incrementado. Pero sigue siendo grande la desproporción en comparación con los escritores.

 

En el estado de Sonora, del siglo XIX, solo tenemos el registro de la poeta Adela Arriola (1857-1900) incluida  en la Antología de poetas sonorenses de Segovia Rochín publicada en 1950. De este siglo, aparecen en esta antología 57 poetas, 13 de los cuales son mujeres: Adela O. de Walters, Enriqueta de Parodi, Ma. de la Luz Quiroz, Luz Estela Cázares, Manuela N. Vda. de Pedroza, Aglae Borbón, Luz Aguilar Aguila, Conchita Faubet, Rosario García Flores, Alicia Muñoz Romero, Armada de la Vara y Robles y Josefina Arriola.

En una compilación posterior de Alonso Vidal, titulada Poesía sonorense contemporánea. 1930-1985 que se editó en 1985, se publicaron poemas de 57 escritores, 7 de los cuales son mujeres, algunas que ya habían aparecido en la antología de Rochín pero no otras como: Lydia Espinosa, Abril Garay, Inés Martínez de Castro y Anna St. Clair. En el libro colectivo, Inventario de voces. Visión retrospectiva de la literatura sonorense, aparecen 57 escritores de diversos géneros (crónica, poesía, cuento, ensayo, novela y teatro) 11 de los cuales son mujeres —4 poetas— ,las que no fueron incluidas en las antologías anteriores y aparecen en esta son: Laura Delia Quintero, Alba Brenda Méndez Josefa Isabel Rojas, Emma Dolujanoff, Sonia Sotomayor, Margarita Oropeza y Guadalupe Beatriz Aldaco. (23)

 Una antología más reciente es la titulada Sonora. Un siglo de literatura de Rocha, publicada en 1993 por el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes en su Colección Letras de la República  —lo que significa una distribución nacional— que incluye 33 escritores 8 de los cuales son mujeres —5 poetas—. Y, finalmente, Guadalupe Aldaco publica la antología Cantos de Minerva, una muestra de la literatura escrita por mujeres en Sonora,  que  reúne a  26 escritoras —18 poetas—.

Así, en 5 publicaciones antológicas que presentan el trabajo de 230 escritores  solo 65 son mujeres y 47 de ellas poetas. De este recuento, podríamos concluir, por un lado, que es menor el número de escritoras en Sonora,  y —esto  podría explicarse por el tardío acceso de las mujeres a la educación o porque se consideraba la literatura como un  ámbito masculino, sin embargo,  otra respuesta posible sería —mientras no haya investigación más acuciosa— que son pocas las publicadas y por muy diversas razones que van desde la exclusión por su ausencia en la actividad literaria pública, o porque su obra  no cumple con determinados requisitos  de calidad estética o porque simplemente, como afirmamos con anterioridad, la escritura de las mujeres no es considerada literatura.

Por otro lado, el elevado número de mujeres poetas es un fenómeno que también es evidente entre los escritores sonorenses mujeres y hombres, sin embargo, la recurrencia en las primeras es mayor, para lo cual no se ha encontrado aún una respuesta. 

Las poetas sonorenses: otros  temas, lenguaje novedoso

 Al realizar una revisión de la poesía sonorense escrita por mujeres, que es el género literario más desarrollado, encontramos que en cuanto a las temáticas tratadas, como afirma Sara Sefchovich están presentes  ficciones íntimas, entre ellas el amor —de presencia recurrente en la poesía desde hace varios siglos— y que a través del tiempo y de las distintas escritoras de nuestro estado, ha recibido los tratamientos más diversos desde el  modernista de Alicia Muñoz Romero:            Se me fueron los besos y palabrasaposentando en misteriosas celdas.­Y qué‚ sabía yo de amar!Tú, fuiste antes que tú.Mis ojos y mis labios sorprendidosapenas y supieron sonreíry fincaron un puente desairadodesde tu corazón. Que sin embargo, en otros poemas llega a un atrevimiento inusual para la época cuando dice: Te doy todo de mí/…te abro mi puerta,/ mi ventana/ mi ojiva…

En un  grupo nutrido de poetas los sentimientos de amor y desamor, dolor por el abandono del amado y el erotismo se relacionan con elementos de la naturaleza, como afirma Guadalupe Aladaco, pero el tema amoroso en casi todas las poetas se complejiza al mezclarse con otros asuntos y reflexiones sobre todo en aquellas poetas que van madurando su obra Clara Hilda Padilla: La marea de tu lengua/ se mete en mis rincones/ cataclismo de humedades/ que me deja temblando/ de sal y arena/ (1997, Se venden canarios rojos, ISC, Hermosillo) o …lengua imperceptible/paseando por los labios/busco la clave/ para arribar a la tenue penumbra de tu espacio…te pienso como navaja por el cuello/ la luz te toca/ y yo te pienso/ con las manos. El desamor, Laura Delia Quintero: “Quise alcanzar tu piel/ y me salió al encuentro/ tu rencor enclaustrado/ gusano de metal/ que me taladra/ y horada el corazón del mundo.”

 

El erotismo está  presente, con un tratamiento cada vez más directo de la relación carnal, sin eufemismos ni ocultamientos como en Inés Martínez de Castro: “El deseo asciende como lengua /pies húmedos de saliva se recuestan en el hambre/ frágiles de monte y cueva estación desnuda/ el calor salvajino lecho foso/ queda levitar ambos”. Fidelia Caballero: “Alguna desatada lengua/ dando en el punto exacto./ Algún dedo sin ley acurrucado,/ y qué,/ sobre la carne dulce./Se pesan, se toman y se miden./El dormido canta./ La dormida vive.”

 

         También es considerado como tema femenino el de la búsqueda de la identidad, aunque  aparece reiteradamente en la poesía escrita por hombres. Y como masculino está la preocupación por el oficio de escribir que se presenta como un triunfo ante el silencio femenino. Alba Breda Méndez: “Tras la ventana traicionera,/ una voz estalla./ Amenaza;/ censura/ a mi expresión temprana; y ya/ no tengo duda;/ aprendí un desacato/ al gritar al otoño/mi poesía/ y me gustó. Inés Martínez de Castro: “Cavan voces en mí su espacio sonoro/ Mueren y renacen alimentadas/De mi escucha  de mi silencio/Yo no digo nada/ solo rumio/ Me alimento de la sangre/De las palabras  del estridente/Verbo de la hierba”

 Contradiciendo los estereotipos de la literatura femenina, aparecen en la producción de las poetas sonorenses otros temas tratados de manera más profunda y utilizando  una expresión más elaborada. Así, las poetas hablan de la muerte y la enfermedad, la vida en las calles, de la enajenación, la duda existencial, en textos que reflejan una conciencia más crítica de la realidad, que se salen de la alcoba, dirían algunos que se “desfeminizan”. Alba Brenda Méndez: “En mi conciencia/ de mí/ se va borrando tiempo y espacio./Conozco ese instante/ en que se descuelga el sueño./ Ahora me pregunto,/ ¿podría descolgarse así…/ la muerte?, Fidelia Caballero: “Aquí/ donde callan los pájaros/ y se vuelven ríos de sangre las banquetas/ dejaré este cuerpo/ siempre dispuesto a los excesos,/ a la sobrevivencia/ pura y contagiosa.” 

A manera de conclusión

 Podemos concluir que, por una parte, las mujeres poetas en Sonora han abordado muchos temas, tanto las llamadas de manera despectiva como “ficciones íntimas”, que consideramos no deben perderse como preocupación humana, y manifestación de esa parte emocional que desgraciadamente la masculinidad vigente desdeña como sinónimo de una supuesta femineidad que por ser tal es devaluada y considerada como debilidad, también ha abordado temas ajenos a estas ficciones, impulsadas por preocupaciones filosóficas, sociales y personales producto del acceso, todavía minoritarios de las mujeres, a ámbitos que le habían sido vedados. Para ello, han creado además un lenguaje novedoso que experimenta nuevas formas y no se pregunta ni le importa si se iguala o no al lenguaje masculino.