**La aparición de los Padres Conspicuos en el Pitic

POR FRANCISCO ELOY BUSTAMANTE

 hombres raros en extremo eran los Padres Conspicuos, así les decían porque nunca se quitaban la tradicional capucha, aunque esto tenga distinto significado. Era una especie de orden dentro de otra, la de los Franciscanos. Los Conspicuos no eran más que cuatro frailes que siendo tan ilustres o sobresalientes, al igual que sus hermanos de menor jerarquía andaban descalzos por las calles de la Villa del Pitic en aquellos años de 1817 y 1822 cuando varios acontecimientos sucedían en esta región.El vulgo ignorante y ordinario tomaba a estos frailes con burla y les gritaban a su paso “los padres mocosos”, ya que daban la apariencia de estar siempre con los ojos llorosos y las narices muy moradas por el mismo efecto del llanto. Bueno eso es lo que suponían.**

Desde luego a los humildes frailes Conspicuos, esto los tenía muy sin cuidado; sabedores de las limitadas capacidades intelectuales de los aldeanos se limitaban a rezar sin cesar al transitar misteriosamente por las calles sobre todo cuando las penumbras de la noche hacían su arribo.

Nadie sabía qué es lo que hacían los Padres Conspicuos y por qué salían de dos en dos a caminar hasta la orilla del pueblo junto al del río y luego de atisbar a todos los horizontes reculaban al convento contiguo al tempo, siempre con la cabeza semi escondida en sus hábitos.

Cabe aclarar que el resto de frailes se comportaban de forma normal, salían a pedir limosna y algo de leña, pero con la cabeza descubierta, muy dados a la charla amena y sana invocando siempre el nombre del Creador. Los Franciscanos eran dados a curar a los enfermos, ayudar si era posible en las labores de las milpas.

Pero los llamados Padres Conspicuos eran puro misterio, sus  pasos fueron seguidos por la chamacada y nada raro vieron sino que llegaban al río, volteaban al sur y al norte, rezaban y al parecer lloraban mucho, de allí el apodo de “los padres Mocosos”.

Seguidamente en el más absoluto silencio emprendían su retorno hacia el convento sin cruzar palabra con nadie, y así era cada tarde.

Se decía que a intramuros de la misión tenían una gran biblioteca y que los Padres Conspicuos eran doctos en teleología llegando a dominar el arameo, griego y latín, amén de otras lenguas muertas.

Por esa época de recién iniciado siglo llegaban a la Villa del Pitic varios españoles acaudalados buscando la forma de contraer matrimonio con alguna bella criolla, cuyas virtudes decían ya habían perdido las españolas muy dadas a casarse por el buen oro, más que por el buen honor.

Don Rafael de Ruiz de Avechucho, no eran un naviero o comerciante de grandes polendas, pero si tenía fama de hombre justo y sensato, defensor de las buenas costumbres, no se diga gran cristiano y por ende llegó a hacerse amigo del padre Prior de monsterio de la orden Franciscana asentada en el Pitic.

Pocos españoles entraban al pequeño convento adjunto al sencillo templo. Uno de ellos era don Rafael donando monedas para que los Frailes pudieran seguir haciendo buenas obras entre tanto miserable que radicaba en los arrabales cercanos al Pitic, indios seris y pimas que daban lástima, se les veía llenos de enfermedades, niños con raquitismo y muchas más desgracias.

Se arrimaban estos indígenas a la Villa para pedir un mendrugo de pan o bien misericordia. Los moradores del pueblo no eran miserables, los españoles aquí radicados tenían buena disposición de apoyar a los Frailes en su obra misionera.

Sucedió que a don Rafael Ruíz de Avechucho se le enfermó su mujer con la que contrajo nupcias en esta Villa; a pesar de ser muy joven no pudo resistir una de tantas plagas que azotaba en la Provincia de Sonora.

Corrió don Rafael al Convento a pedir auxilio, pero los Frailes nada pudieron hacer, y la quebrantada salud de Blanca de Jesús Ruiz de Avechucho fue haciendo estragos en su frágil humanidad lo que a don Rafael lo hundía en la más cruel desesperación ya que amaba a aquella linda criolla con todo su corazón.

Fue con el padre Prior y le solicitó humildemente enviara a los Padres Conspicuos a ver a su esposa ya que se decía eran gentes muy preparadas en todas las ciencias, quizá ellos pudieran hallar el origen del mal y alguna curar oportuna para su señora.

Los Conspicuos nunca salieron a ver la señora de Ruíz de Aechuco pues alegó el padre Prior que sencillamente estos no existían, ni dentro del convento ni en ninguna parte de la orden se daba este caso de padres con semejante nombre. Todos los Franciscanos por el mundo entero existen, sólo son humildes frailes sin distinción y sin ser más unos que otros.

Pero Don Rafael esto no lo quiso entender, se cerró a aceptar que todo lo dicho por la gente de los Padres Conspicuos no eran sino resultado de una visión colectiva fantasmal, y por lo tanto al ver morir irremisiblemente a su esposa se trastornó, a tal manera que se le vio por la orilla del río buscando a los Padres Conspicuos para que acudieran en auxilio de su señora en el lecho de muerte.

Se le vio hablar e invocar a aquellos seres imaginarios, los cuales por supuesto jamás volvieron hacer acto de presencia en las mentes fantasiosas de la gente de la Villa del Ptic.

Así murió don Rafael Ruiz de Avechucho desfigurado por la locura.

Tomado de LEYENDAS DEL PITIC y otros cuentos antiguos.