LAS APARICIONES DE DON EUSTACIO

Por Francisco Bustamante Tapia 

 La gente dice que se le apareció un ser querido, como una forma de recordarlo y con un doble deseo: viva más allá de la muerte y regrese para hacer el viene.

  Al fin que Jesucristo prometió -y lo cumplió-, volver a los suyos. Platicó y sacó de sus dudas a los caminantes de Emaús que no lo reconocieron. A Tomás lo retó para que metiera su mano en la herida de su vientre y los dedos en las llagas de las manos para comprobarle que había vuelto no en espíritu sino en cuerpo y alma, es decir resucitado.

  Fray Servando Teresa de Mier a mediados del siglo XVII se escapó de morir quemado en la hoguera al retractarse de una afirmación lanzada desde el púlpito al ser invitado como orador en las festividades del 12 de diciembre:

 “Si Cristo dijo que nadie resucitará hasta el día de la resurrección; entonces es imposible que la virgen María lo haya hecho, porque él mismo estaría contradiciéndose”.

  ¿Por qué pues la gente católica insiste en apariciones? También los evangélicos insisten en haber escuchado la voz de Dios en determinados momentos de sus vidas.

 

  Don Eustacio Egurrola es uno de esos religiosos al que han visto personas en sus cinco sentidos. El recordado cura párroco de Santa María Magdalena ha fijado muy bien su jurisdicción en el orden de las apariciones. Pues si bien al Padre Kino lo ubican entre la calle Pesqueira y calle Hidalgo en donde tiene su corredor de apariciones.

Don Eustacio en cambio se pasea en desde la calle Pesqueira (hoy Dr. Rivera Magallón, y si a Kino se le ha visto en las misiones (hoy pueblos por el fundados), don Eustacio  ha llegado hasta  la playa para favorecer gente.

  Andaba don Francisco Parra, fundador de la familia Parra Egurrola de negocios en Puerto Lobos, y senado cerca de la playa esperaba que llegara el buque para recoger unos automóviles. El buque se dilataba y tal pareciera que nunca iba a llegar.

De pronto don Pancho y su compañero de nombre pedro, divisaron a un señor con sotana caminando por la orilla de la playa. Su compañero le dice: -Don Pancho ¿está viendo lo mismo que yo?   -¿Si, vámonos que algo está pasando en mi casa.

 Así que se vinieron sin la carga. Apenas habían salido de esa región, una gran tormenta azotó la costa.

   Por fortuna en Magdalena no ocurrió nada anormal como él creía. Era doña Carmen su esposa quien al saber por las noticias sobre un huracán en Puerto Lobos, como se mortificó mucho al verse sola con sus hijos y su marido por allá, imploró: “Tío padre, tráemelo sano y salvo”. 

Y los cuidó bien pues refería don Pancho que en el estribo del troque por todo el camino se vino montado el hombre de la sotana y que al llegar al peñasco de los Monroy, ahí desapareció.

  Doña Carmen procuró en lo sucesivo emplear bien el poder de las palabras. La aparición del don Eustacio fue una prueba permanente del poder de una sola palabra, de una súplica.

   Había una mujer, que ciertamente tenía una actividad especial, se dedicaba a hace “limpias”.   Doña Josefina Madero, se decía descendiente de Francisco I. Madero, tomaba el tren en Estación Ortiz para venir a Magdalena cada día de los Muertos. 

 Era curandera, sobadora y yerbera.

  Esta señora le tenía mucha fe al padre Eustacio Egurrola; aseguraba que el difunto hasta Ortiz fue a invitarla a las fiestas de Octubre.

  -“Hasta allá fue  nomás a decirle: quiere que vaya a las Fiestas. Le veía como estar viendo a cualquier viviente. Como lo platica con tal realismo le preguntaban si no le daba miedo: “¿Por qué me va a dar miedo?, al contrario me sentía privilegiada de que se me apareciera un santo”.