San Lorenzo es un pueblo muy antiguo del municipo de Magdalena de Kino, su original asentamiento se dice estuvo pegado al cerro de la Ventana y con el tiempo se trasladaron a la vera del río Asunción.
Su gente es muy sencilla, dedicada a las faenas agrícolas y ganaderas en pequeño.

En aquellos años de principios del pasado siglo, las festividades a San Francisco ya eran en forma y más o menos bien organizadas. Cuando menos se hacían ininterrumpidamente pues ya habían pasado las cruentas incursiones de los apaches.

Sucedió un caso que no tiene nada de gracioso de ser verídica la versión.
Salvador Yocupicio “el Sutarón”, desde San Lorenzo se trajo su mujer muy enferma, sobre el burro blanco “el Palomo”, el más grande y fuerte de los cuatro que tenía y utilizaba para cargar leña.

Estaban las fiestas ya cerrando su episodio anual, los Yaquis se trepaban al tren. Agotada y casi desfalleciente, la Maricusa no saludaba, tampoco hablaba, estaba más flaca y pálida que de costumbre. A sus ojos los rodeaban unas negras ojeras y el paliacate sujeto desde arriba el sombrero de palma y se anuda en la quijada.

El palomo también se cansó, el viaje lo ha resentido, así lo manifiesta hasta sus ojos al no reflejar la vivacidad de otros días, tal parece que es el único en percatarse que ha cargado en su lomo, aparte de la enferma a la misma muerte y con pasaje gratis.
El pobre del Sutarón ni cuenta se da cuando baja a las dos, tan tiesas como los leños que mueve a diario.
Encarga su paciente con doña Remedios, la que cuida el mesón mientras él corre a buscar al doctor, bajo la mirada de la silenciosa muerte que ya se dispone a sacar el instrumental de su maletín porque la hora de trabajar ha llegado.

El Sutarón trae la congoja encima y la prisa en los pies. A pesar de ello, la tradicional cortesía de saludar a los amigos y conocidos que encuentra a su paso lo obliga a detenerse para informarles de su problema, y lo menos que puede hacer para seguir su carrera es responder: “salucita de la buena” y escuchar a: “pa´ que se te alivie la vieja”. Y pronto decir “¡hay nos vemos!”.

No tarda de regresar con el médico, pero la Maricusa ha muerto. En cuanto él se fue, la parca se la llevó.
Por recomendaciones de doña Remedios, acomoda de nuevo a la Maricusa sobre el burro. Hay que regresar a San Lorenzo, que mejor les amanezca allá, porque si se dan cuenta las autoridades, habrá retrasos, trámites y pagos; necesitará mucho dinero. ¿Qué necesidad hay de tanto lío?
Sujeta las piernas, amarra por abajo. Fija la espalda a un palo, asegurando con atados pródigos en nudos la parte alta del cuerpo. Le cala hasta los huesos, pero el Bacanora y la prisa le ayudan a terminar pronto.

Las dos de la mañana suena el reloj y el burro se aleja lentamente del pueblo y del desvelado sonsonete de la fiesta borracha del “Sonora Querida” y “las Golondrinas”, trastabillando como que sabe la carga que ahora lleva de regreso y el “Sutarón” con una mano jala de la rienda y con la otra se empina la botella de aguardiente. Cruza el río y llega a San Isidro, sigue: hacia el crucero de la Bedolla. Cuza el río y llega a San Isidro, sigue adelante hacia el crucero de La Bedolla, desea cortar caminos.

Toma veredas y la noche oscura como boca de lobo, le ayuda a perder su rumbo. Camina a ciegas y después de dos horas y de mezcal, decide amarar el burro con todo y cuerpo a un mezquite y sólo continúa la marcha. Inventa otras rutas, porque la vereda quedó perdida allá en el camino.

Solamente es capaz de orientarse cuando empieza a clarear, pronto descubre que para ir a San Lorenzo hay que regresar un buen trecho y enseguida rodear varios cerros. Al llegar solicita ayuda a los amigos y familiares, pronto 22 hombres salen presurosos en busca del animal. Todos diestros, conocedores del terreno. Tarda su buen tiempo para encontrar el burro con el cadáver de la Maricusa.

Son las 4 de la tarde cuando llega San Lorenzo en una extraña y pintoresca procesión. El disperso contingente silva y grita insistentemente desde la mitad del último cerro hacia abajo que ya cesen la búsqueda como si también anduviera alguien allí afanándose.

¡Allá vienen!, ¡Allá vienen! ¡Traen a la muerta del burro!, a lo lejos se divisa el grupo, ahora levantando pequeñas nubes de polvo. Cerca de las primeras casas ya está rodeada la bestia con nutridos refuerzos cual es prácticamente todo el pueblo. Los unos formando parte del espectáculo y los otros simplemente como espectadores.
La tarde es fría como aliento de muerto. Los minutos vuelan congelados a través del viento, que a pesar de la hora, cala los huesos hasta del más pintado.

Embebidas en mitotes, las gentes del pueblo, no hacen caso de ventarrones, tan sólo admirar morbosamente la escena aquella. Cuando la noche cae encima, como cobija de hielo negro, el ambiente se enfría más aun.

A la hora que pretenden bajar el cadáver del burro, no pueden siquiera moverlo. Está tan tieso que no necesita amarre alguno, para sostenerse, por más que lo jalan sigue igual. Entonces deciden velar a la Maricusa así como está sobre el lomo del burro….Ya al día siguiente verán que hacer.
Toda la gente permanece allí en medio de la placita. Rodean al burro y con velas encendidas inician una procesión a ninguna parte, desgranan rosarios de 15 misterios en donde sale a relucir hasta la Guadalupana y vuelta tras vuelta, el circulo místico continúa su marcha.

Los jarros de Bacanora pasan de mano en mano; otros prefieren el mezcal de lechuguilla o Tequila. Es una noche más de desvelo que debe soportar el “Sutarón”, mientras tanto los familiares de la difunta gritan histéricos, siguiendo el círculo de rezadoras: ¿pa´ qué te moriste? Y lloran y beben como si todos ellos se fueran a morir antes de la víspera.

Al día siguiente mientras tanto las comadres quienes ya se han organizado, colocan en el fogón el cazo con nixtamal para preparar el menudo de pancita, que jamás debe faltar en ocasiones como éstas.
La noche presencia una patética fiesta, donde la solidaridad ha unido esta vez al pueblo con torrentes de mezcal, vertidos generosamente para aguantar mejor el frío y pode llorar más a la muerta del burro.
Al siguiente día deben sepultar el cuerpo y ahora menos pueden destrabarlo del pobre asno; ¿qué hacer ante una situación como esta?

Después de mucho cavilar, familiares y amigos discuten con el “Sutarón”. Entre todo deciden que no hay más remedio, habrá que sacrificar a la bestia y enterrar los dos cuerpos juntos.