Foto: La infamia cometida contra su compadre no tiene reparación, sólo se podrá pagar en el infiernoEl hombre es dado hacer cuanto le plazca en esta vida. Tienen plena libertad para matar, para golpear y para cometer las infamias más viles a contentillo. Así lo afirma Don Rafai Luna, un buen viejo, afable y con el don de la magnanimidad. Su sabiduría a todos conquistaba y de tarde en tarde acudía a su humilde morada para escuchar de su sapiencia.  –Fíjense nomás, en el cielo los ángeles estaban tan bien en esa gloria y santidad, pero como Dios Nuestro señor da la libertad plena, a nadie tiene de monigote o esclavo, estos se revelaron abusando de esa libertad para desafía al mismo Creadora del universo. En el Edén por el propio estilo, Adán y Eva eran felices, no conocía la maldad, pero tampoco eran sombíes, tenían todos los atributos de la libertad plena que da Dios, por ello tuvieron la iniciativa de  desobedecer porque se acogieron a ese poder de decidir por sus vidas, sin importar consecuencias. Pero déjeme que les platique con este largo preámbulo de un a pesan que ni quiera mencionar por su nombre porque es abyecta, vil, traicionera, solo diré que le decía Ruperto Mandíbula; tenía este tipejo a un compadre que era todo un caballero, ciertamente muy humilde y trabajador con su familia en el Barrio La Industria, amante de las copas, por temporada, no que compadre  que si bien tomaba, no era un borracho, más bien un bebedor consuetudinario. Ruperto mandíbula le pidió al chamaco más grande para apadrinarlo y Manuelito aceptó de buena gana. Se hicieron pues compadres y por años llevaron muy bien ese parentesco que nace en la pila bautismal.  Manuelito trabajaba como sacristán del padre don Eustacio, y este cada que podía le reconvenía a Manuelito que no se juntara mucho con Ruperto Mandíbula, con fama de traicionero, asesino a sueldo cuando le hambre la apretaba. Chapucero y marrullero que andaba muy manita con las autoridades corruptas haciendo trabajitos sucios  Era alcalde en esa época un individuo desalmado, pero no quiera ni decirles quien era el que ostentaba el poder político en esos años aquí en la llamada Villa de Magdalena.  Sucede que al alcalde no le gustaba ello más mínimo que lo tocara ni con el pétalo de una rosa, y como tenía la piel muy delgadita no toleraba el más mínimo comentario adverso contra  su persona. Estaba hinchado de orgullo que pidió a mandíbula se deshiciera de le da el poder de tres años.  Como el taimado alcalde no podía emprender ninguna acción represiva contra el Cura Párroco, sabía que este le tenía una gran estimación con a Manuelito su ayudante en todos los oficios del templo, así que le pidió a compadre el tal mandíbula que le diera un castiguito ejemplar pare que el buen sacerdote le bajar a su prédicas tan encendida en torno de la decadencia moral, corrupción y de las vaquetonadas del policías alcahueteadas por el edil. Era una noche de 18 de abril de 1826 se apresura Manuelito para llegar a tiempo al tempo y dar la primer campanada del Rosario, en la equina del callejón Ocampo aguarda Ruperto Mandíbula, carga una botella de tequila en una mano y en la otra un machete. Al verlo el sacristán le grita:  - ¿pero que le pasa compadre que no me conoce, que le he hecho yo? -Nada hijo de tal por cual, le responde el cobarde al tiempo de da cuenta dela vida de Manuelito.  Desde luego nadie averiguó nada estando la justicia tan arbitraria y lo único que ocurrió que alrededor de seis hombres del barrio, se pusieron de acuerdo para emboscar a los pocos días al asesino. Murió igual, a machetazos. Y tampoco nadie averiguó nada. Se encontraron de nuevo los compadres en un camino que se bifurcaba al poco andar. Ruperto Mandíbula le pregunta:   –¿A dónde va usted compadre Manuel si se puede saber?.   –Yo al cielo-, responde Manuelito-; no sé tú qué cuentas darás a Dios, ya ves como me has traicionado y ya tendrás tiempo de sobra para pagar tu infamia.     Manuelito siguió su camino al cielo por una veredita estrecha; y Ruperto se vio obligado por un ángel a tomar el otro el camino con un árbol seco donde había un letrero mal forjado donde se leía: Destinos  el Infierno.El hombre es dado hacer cuanto le plazca en esta vida. Tienen plena libertad para matar, para golpear y para cometer las infamias más viles a contentillo. Así lo afirma Don Rafai Luna, un buen viejo, afable y con el don de la magnanimidad. Su sabiduría a todos conquistaba y de tarde en tarde acudía a su humilde morada para escuchar de su sapiencia. –Fíjense nomás, en el cielo los ángeles estaban tan bien en esa gloria y santidad, pero como Dios Nuestro señor da la libertad plena, a nadie tiene de monigote o esclavo, estos se revelaron abusando de esa libertad para desafía al mismo Creadora del universo. En el Edén por el propio estilo, Adán y Eva eran felices, no conocía la maldad, pero tampoco eran sombíes, tenían todos los atributos de la libertad plena que da Dios, por ello tuvieron la iniciativa de desobedecer porque se acogieron a ese poder de decidir por sus vidas, sin importar consecuencias. **Pero déjeme que les platique con este largo preámbulo de un a pesan que ni quiera mencionar por su nombre porque es abyecta, vil, traicionera, solo diré que le decía Ruperto Mandíbula; tenía este tipejo a un compadre que era todo un caballero, ciertamente muy humilde y trabajador con su familia en el Barrio La Industria, amante de las copas, por temporada, no que compadre que si bien tomaba, no era un borracho, más bien un bebedor consuetudinario. Ruperto mandíbula le pidió al chamaco más grande para apadrinarlo y Manuelito aceptó de buena gana. Se hicieron pues compadres y por años llevaron muy bien ese parentesco que nace en la pila bautismal.

Manuelito trabajaba como sacristán del padre don Eustacio, y este cada que podía le reconvenía a Manuelito que no se juntara mucho con Ruperto Mandíbula, con fama de traicionero, asesino a sueldo cuando le hambre la apretaba. Chapucero y marrullero que andaba muy manita con las autoridades corruptas haciendo trabajitos sucios** **Era alcalde en esa época un individuo desalmado, pero no quiera ni decirles quien era el que ostentaba el poder político en esos años aquí en la llamada Villa de Magdalena.****Sucede que al alcalde no le gustaba ello más mínimo que lo tocara ni con el pétalo de una rosa, y como tenía la piel muy delgadita no toleraba el más mínimo comentario adverso contra su persona. Estaba hinchado de orgullo que pidió a mandíbula se deshiciera de le da el poder de tres años.

Como el taimado alcalde no podía emprender ninguna acción represiva contra el Cura Párroco, sabía que este le tenía una gran estimación con a Manuelito su ayudante en todos los oficios del templo, así que le pidió a compadre el tal mandíbula que le diera un castiguito ejemplar pare que el buen sacerdote le bajar a su prédicas tan encendida en torno de la decadencia moral, corrupción y de las vaquetonadas del policías alcahueteadas por el edil.

Era una noche de 18 de abril de 1826 se apresura Manuelito para llegar a tiempo al tempo y dar la primer campanada del Rosario, en la equina del callejón Ocampo aguarda Ruperto Mandíbula, carga una botella de tequila en una mano y en la otra un machete. Al verlo el sacristán le grita:

-Nada hijo de tal por cual, le responde el cobarde al tiempo de da cuenta dela vida de Manuelito.
Desde luego nadie averiguó nada estando la justicia tan arbitraria y lo único que ocurrió que alrededor de seis hombres del barrio, se pusieron de acuerdo para emboscar a los pocos días al asesino. Murió igual, a machetazos. Y tampoco nadie averiguó nada.

Se encontraron de nuevo los compadres en un camino que se bifurcaba al poco andar. Ruperto Mandíbula le pregunta: 
–¿A dónde va usted compadre Manuel si se puede saber?. 
–Yo al cielo-, responde Manuelito-; no sé tú qué cuentas darás a Dios, ya ves como me has traicionado y ya tendrás tiempo de sobra para pagar tu infamia. 

Manuelito siguió su camino al cielo por una veredita estrecha; y Ruperto se vio obligado por un ángel a tomar el otro el camino con un árbol seco donde había un letrero mal forjado donde se leía: Destinos el Infierno.**