LA ONZA DE SONORAGregorio Quiroz Lara

Dicen que imita el llanto de los recién nacidos; que sus huellas son como las de los niños descalzos. Feroz por naturaleza y que  ataca a la gente. Que es hija de un cheetah y un puma hembra. Que Impone temor y respeto a los habitantes de la sierra.Son pocas las personas que aseguran haber visto a la onza. Inclusive, presumen de enfrentamientos con ella. Recomiendan que si alguien tiene necesidad de internarse  en el monte, debe ir muy alerta.“Yo Regresaba de averiguar el paradero de dos vacas, extraviadas tres días antes. Desde temprano hasta casi oscurecer, las busqué por varios sitios. No las encontré.Tanteando no me atrapara la noche en el monte, decidí volver a casa. Retornaba por una ladera tupida de pinos y encinos. En el filo del cerro, con la escasa y moribunda luz, distinguí a la onza.

La sangre se me heló de miedo. No pensé dos veces, apresuré el paso y, sorprendentemente,  la bestia aceleró también. Cautelosos ambos, paralelos avanzamos largo trecho hasta llegar a un parejo. El pánico me atolondró, ni siquiera recordaba la pistola que traía fajada al cinto. Cuando recapacité, eché mano sobre ella y le boté el seguro. Sospeché que si me venía siguiendo la onza, en cualquier momento me atacaría, así que debía prepararme para la defensa. Me agazapé atrás del grueso tronco de un pino, aguzando los sentidos, con la fusca en la mano trataba de ubicar a la bestia. No apareció por ningún lado.

  **Esperé un rato, pero la onza, ni sus luces. Tal vez ya se fue, pensé. Enseguida, aun con la pistola en la mano, abandoné mi escondite para seguir mi camino. No había avanzado diez pasos, cuando desde las ramas de un encino, una gran sombra se abalanzó sobre mí. Instintivamente dispare un balazo contra el sorpresivo bulto. Para mi fortuna, la bala le penetró en el pecho. Yo salté violentamente hacia un lado,  esquivando a la fiera que cayó en seco.alt**Me quedé paralizado. La bestia, con los ojos encendidos como  brazas y resoplando violentamente, se retorcía furiosa  y llena de dolor. No esperé, le solté dos balazos más que le arrancaron de las entrañas un larguísimo aullido. El animal fue dejando de moverse poco a poco, manteniendo sus ojos, llenos de ira mortal, clavados en los míos. Finalmente, después de un estirón, la onza quedó totalmente quieta.

**Estuve observándola, sin dejar de apuntarle con la pistola, hasta que recuperé la calma. La noche reinaba ya. Por las crestas de los montes se asomó la luna y repartió algunos gajos de luz  entre los pinos. Casi a tientas,  busqué una rama con la que zarandeé al animal. No se movió. Puse seguro al arma y la guardé. Enseguida me dirigí a casa a toda prisa.

Mi mujer, rodeada de mis hijos, mi compadre y su familia, me esperaban afuera de la cerca del corral. Se alarmaron cuando escucharon los disparos. Mi hijo, el menor, corrió a mi encuentro. Lo levanté en brazos y, él, después de voltear para todos lados, me preguntó por  el Duke, nuestro perro. En ése instante me di cuenta que, desde un poco antes de encontrarme con la onza, lo había perdido. Al rato llega, le dije, no debe tardar.

Nos dirigimos a la cocina a cenar. En la mesa, conté detalladamente lo sucedido y todos, mientras masticaban despacio, me escucharon atentos y callados. Inmediatamente después del término de la cena, mi compadre y su familia se despidieron. Acordamos que iríamos a recoger a la onza al día siguiente. Le quitaríamos el cuero y lo guardaríamos  como recuerdo.

Mi compadre llegó muy temprano, casi de madrugada. Me levanté, prendí el calentón y nos preparamos un café con sus respectivas gorditas de harina. Decidimos llevar los caballos, así que los ensillamos y partimos. Cabalgamos alrededor de media hora para llegar a nuestro destino. Aquí es, dije señalando con la cuarta, sin embargo… ¡la onza no estaba! La buscamos varios metros a la redonda pero fue inútil.**

¿La devoraron otros animales? ¿Acaso la dejé viva? Para sorpresa nuestra, descubrimos un rastro de sangre, apenas perceptible. Lo seguimos, apuntaba rumbo al arroyo. Al llegar a la orilla, nos quedamos boquiabiertos: en la húmeda arena había  huellas frescas. Eran parecidas a las que dejan los niños  descalzos y se intercalaban con algunas pequeñas  gotas de sangre.alt

¡Yo no había rematado a la onza! Las huellas indicaban que el malherido animal cruzó el arroyo. Buscamos rastros al otro lado, no encontramos nada. Anduvimos revisando en las cercanías por más de una hora, pero el saldo fue negativo.

¿Poseía la onza la inteligencia para seguir el curso del agua y despistarnos? ¿Era demasiada liviana para ser arrastrada por la corriente? Decidimos volver a casa, tratando de entender lo sucedido. Yo, tenia la esperanza de que al llegar a casa encontraría a Duke. No fue así, el perro nunca regresó.

Pasaron meses sin novedad, hasta que una tarde, los caballos se pusieron nerviosos y los perros de mi compadre ladraron temerosamente contra el espeso monte. Desde entonces, cada atardecer, me dirijo a mi cuarto, saco la escopeta y en una banca, en el porche de la casa, espero pacientemente la aparición de la onza. Sé que en el momento menos pensado, se deslizará agazapada y sigilosa por la ladera. Tengo la certeza que vendrá por la revancha.”