(Un saludo cordial. Incluyo este cuento que he escrito con mucho ahinco y se me ocurrió presentarlo en el Primer Concurso Literario del Municipio de Cajeme, Sonora, “Jiosiata Nookia”. Ayer supe que no mereció ningún premio. Pero no me importa porque a mí me gusta mucho. Porque abarca un tema de la belleza, el arte y la tradicion indigena de los yaquis. Es mejor que relatar el culto al vicio y a cantantes populares que caracteriza a la literatura ganadora de este evento).
El pintor encantado
La última vez que lo divisaron, fue caminando errante por las vías del ferrocarril de la antigua estación. Comentan los vecinos que Iba como ido… medio loco…
Durante un tedioso domingo cualquiera, un desconocido pintor en los círculos artísticos de su ciudad natal, a pie, abandonó su taller de pintura llevando consigo pinceles y un cuaderno de dibujo bajo el brazo humedecido por el tremendo calor…además, un morral con comida y agua colgando del hombro, transita por las calles del centro hasta llegar a la esquina de la Catedral, dobla a la derecha para caminar al oeste por la avenida que divide el glamour de unos con el clamor de otros, para dirigirse hacia las vías del tren, al llegar a ellas, se sube a la más antigua para contemplar por unos segundos el viejo y mohoso tinaco que sus antepasados construyeron en la estación de banderas Cajeme. Sus pensamientos se remontaron al pasado, recordando la ignominiosa guerra de exterminio contra los yaquis, que se inició con el ferrocarril.
Taciturno se encaminó hacia el monte casi desértico y en floración, rumbo a los cerros cercanos, sintiendo en su interior la ausencia de inspiración para crear su obra plástica, sin distracción alguna continuó su camino hacia una profunda y hermosísima cañada de la Sierra Oscura cubierta de cactus, palos verdes y mezquites, no se detuvo hasta llegar a la tinaja de la Soledad, situada al pie de rectas paredes de roca pulida con fantásticos colores pétreos y cercada por extraños cardones. A unos pasos de distancia, se trepa a una enorme piedra situada bajo un abrigo rocoso para sentarse sobre de ella e iniciar a pintar el fantástico paisaje frente a él. No lo logró, los bocetos no eran buenos porque le faltaba: ¡Una hermosa musa!
-El cielo azul está cambiando de tonalidades-. Pensó, “El pintor sin inspiración”, mientras bosquejaba sin óptimos resultados. -Ojalá y no llueva-, Musitó al observar las nubes del cielo encapotado. Al mismo tiempo, a cierta distancia de la boca de la cañada, sobre el llano con plantas gobernadoras y ocotillos, volaba un quelele hacia el aguaje y sediento, un coyote seguía la huella de un venado cola blanca que venteaba el agua enlamada de la tinaja.
“El pintor sin inspiración” se levanta para ir a recolectar pitahayas, como otras tantas veces lo hacia cuando venia a este paraje a meditar. Cortó un carrizo seco para manufacturar su palo pitahayero y con el, se internó en la denso monte cosechando docenas de pitahayas blancas, anaranjadas, rojas y púrpuras. Contento, decidió regresar al sitio donde había dejado su carne seca y artículos de dibujo, mientras avanzaba observó el vuelo del quelele, y sin prestar atención alguna, entró a un espeso campo de chollas, donde, después de un largo trecho, sintió un intenso dolor causado por varias afiladas espinas incrustadas en su pie izquierdo. Emite un lastimoso quejido y sin detenerse, continuó su caminar hasta arribar al aguaje. Con una rama de ocotillo seco se quita las espinas de sus sangriento pie, mientras observaba con curiosidad, cómo en el cielo se formaba la maravillosa; ” culebra del agua”, del verano desértico.
Asombrado contemplaba como ésta se a aproximaba hacia la cañada, anunciando una fuerte lluvia, pero por alguna razón desconocida, como un pensamiento fugaz, pensó que era Quetzalcoatl; “La serpiente emplumada”, quien regresaba a la tierra de los yaquis. Cortó unas ramas de una verde planta con amarillentas flores, para posar sus adoloridos pies en ellas y reconfortarse de la caminata.
“La culebra de agua”, entró a la cañada por el norte, la cruzó hasta llegar a la tinaja y descendió detrás de varios pitahayas y cardones. Se escuchó un estruendo como de rayo, que retumbó hasta la sierra del Bacatete, espantando a todo ser viviente. Con extrañeza, observó una fantástica transformación supernatural: “La culebra de agua”; en una bellísima mujer de piel blanca y ojos verde esmeralda e iris amarilla, quien, levitando se dirige hacia él, anunciándole con armoniosa voz; “Soy la entidad de la tinaja”.
“El pintor sin inspiración”, extrañado y asombrado por la aparición, enmudeció de miedo ante esa hermosísima entidad del otro mundo quien le insinuó; -No tengas miedo; Soy el espíritu de la belleza-. Él, asustado, admira su escultural cuerpo, bellísimo rostro, larga cabellera rubia y virginal porte, mientras ella se aproximaba hasta casi tocarle el rostro y anunciarle; -Soy la belleza, ¡No tengas miedo!-
Él, temeroso, le pregunta: “¿Eres acaso la belleza natural del desierto, la belleza convulsiva o la belleza que inspira o aniquila?”
-Soy, la belleza única, la universal, la que existe en todos lados, la misma que estimuló a los antiguos artistas del arte rupestre, a los toltecas, a los pintores seris y yaquis y a todos los artistas que han creado las obras de arte, que tu admiras hoy-, le contestó la entidad.
-¿Por qué te me apareces?, la interrogó, venciendo el pavor que ella le provocaba.
-¡Porque tú me invocaste al venir aquí, “El Tecalaim”, antiguo sitio de encantamiento! Todo a tu alrededor lo indica; el quelele en vuelo es el hechicero de los aires, aquel extraño cardón es el guardián de aguaje, y todos estas plantas y animales son hechiceros que te acompañaron hasta aquí. Tu pluma del pelicano mitológico sobrenatural adornando tu maltratado sombrero, tu pie sangrando sobre la flor del toloache, todos son el conjuro de los antiguos diableros del desierto, para que yo, “El espíritu de la belleza”, que habita en este ojo de agua, me aparezca ante ti, infortunado pintor que ha perdido la inspiración y hoy estás llorando por tu destino, adolorido por la encrucijada, la monotonía y el aburrimiento de tu vida absurda, en este nuestro maravilloso desierto lleno de misterioso-.
“El espíritu de la belleza”, después de breve lapso, se volvió espíritu dentro del pintor, quien inerme, sólo observaba los bellos ojos verdes mientras sentía una extraña emoción.
-Ahora, “pobre pintor sin inspiración”, que has visto a la belleza y ella está dentro de ti, pinta todo lo que desees desde este preciso momento hasta el ocaso del día, es tu tiempo y espacio que los espíritus antiguos te otorgamos, le ordenó el cardón. El brujo coyote le indicó: “No estés acongojado”, y le obsequió su astucia; el brujo venado, le dio la agilidad para el manejo de los pinceles; el curandero quelele, le facilitó la velocidad y las pitahayas sus magníficos colores.
“El pintor con inspiración”, apresurado para no dejar ir tal oportunidad, con mucha intuición, inició a pintar su mural con trazos precisos auxiliado con un carbón de mezquite y con sus pinceles, pintó la temática oculta en su sensibilidad. Las horas pasaron y antes del crepúsculo, terminó su majestuosa obra, sobre la pared del acantilado, plasmando con realismo mágico, fenomenales paisajes desérticos yuxtaponiendo figuras del arte rupestre y ensoñado con imágenes de todas las mujeres que amó antes de su ocaso primaveral y, lo concluyó con el precisa y aguda descripción de los sangrientos acontecimientos y personajes de la guerra de exterminio y deportación de los yaquis, mayos y seris de Sonora.
¡Contemplen!, les indicó; -Es la belleza onírica del desierto!-. Los curanderos venado, coyote, quelele, cardones, ocotillos y las pitahayas, se transformaron en seres humanos para admirar el más bello mural jamás pintado. “El espíritu de la belleza”, lloró de emoción al admirar atónita la hermosura ahí expresada con esplendorosos colores.
“El pintor con inspiración”, al día siguiente, abandonó la tinaja de la Soledad, salió de la cañada por el lado sur perdiendo su rumbo, por días caminó errante entre bosques de espinas y mezquitales, por los cerros Onteme y Coracepe, y del Oviáchic donde baja al cauce seco de río continuó su peregrinar hasta llegar a los manglares del Sáric. Meses después, regresó a la Sierra Oscura, para deambular en busca de la aparición: ¡La mujer - belleza!. Su musa, quien con su encantamiento, lo estimuló a pintar.
La última vez que lo vieron, fue por las vías del tren, sin rumbo fijo… -Dicen que anda como ido, hechizado… en busca de la belleza…-
Seudónimo: Buitimea