CAYÓ LA CASONA DEL “VINATERO”

A finales de 1700, lo que hoy conocemos como Magdalenas de Kino no era más que un villorrio de unas mil trescientas personas, había sobrevivido al ataque apache de 1770 en donde no quedó casi nada en pie.

Los moradores en su gran mayoría castizos que se salvaron gracias a que los depredadores en su desenfrenadas entradas al pueblo, no calcularon que los locales se favorecían en túneles.

Como los salvajes quemaban las casas, con ello creían que también daban muerte a los lugareños, no caían en cuenta en estos subterfugios del hombre blanco.

En la hoy esquina de Matamoros y Escobedo a unos paso del barrio El Pueblito se estableció el comerciante madrileño de grandes polendas don Pablo Guilmain y Monroy, quien montó su tienda abarrotera a la que llamó La Madrileña.

Los habitantes de la villa acudían con su paisano por ser este un personaje bonachón y muy dicharachero que con sus ocurrencias les hacía pasear el disimulo, y así matar un poco la nostalgia de la madre patria.

Don Pablo al que llamaban “El Vinatero” tenía expresiones a flor de labio como esta: “Decía una vecina de mi pueblo una frase que me gusta repetir y repetir: AL PAJARO SE LE CONOCE POR LA CAGADA”, y luego se ponía a dar una amplia explicación; “resulta paisano que a nadie le gusta descubrir que sus padres eran unos asesinos y menos aún si los hijos han vivido apartados de ellos y les han educado con buenos sentimientos y para no herir susceptibilidades ocultaron el pasado de sus progenitores, pero un día, dan con ello y amigo……..el asunto cambia”.

Es partinete aclarar que para los españoles ciertas expresiones despectivas les resultan naturales, además por su temperamento impulsivos son muy dados a epítetos denigrantes que se aprecian en su vocabulario aparentemente soez.

Pasaron los años y aquel madrileño tan cordial conocedor como pocos de los buenos vinos pues hasta se jacataba de haber sido uno de los mejores vinateros de Madrid, y que con frecuencia convidaba a sus coterráneos para matar el tiempo, éste murió de una enfermedad que en aquella época le llamaban venérea.

No es que fuera dado a solicitar mujeres don Pablo, la enfermedad la contrajo cuando una damisela con fama de zurripata se introdujo detrás del mostador y le estampó un beso cuando el madileño se encontraba distraído, y de esa manera quedó infectado en la boca o la garganta, porque es posible que la enfermedad pueda transmitirse a otra persona a través de un beso profundo, en el cual, se intercambia saliva. Así se decía en aquella época.

Su viuda doña Lucía, una mujer también muy virtuosa de sangre sefardita, vendió el edificio y se embarcó en Guaymas hacia España para jamás volver.

De los nuevos moradores ,aquella tienda de largo despacho en el que el mostrador medía más de 10 metros, no se sabía gran cosa; llegaron de El Altar y no se supo si el matrimonio traía hijos, se suponía porque se escuchaban frecuentemente gritos de niños jugando en el traspatio.

Al nuevo inquilino si acaso se le vio salir los domingos con su esposa muy cubierta con un velo negro que casi le llegaba a los pies, iban callados con rumbo al templo, y así callados sin intercambiar ni siquiera el saludo con nadie, regresaban al hogar para encerrarse bajo siete llaves. Refería el Fraile en cuanto a este comportamiento, que Jesús les dijo a sus discípulos fueran a lo spueblos y no saludaran a nadie en el camino …y que por ello había católicos que lllevaba al pie de la exageración esta cita del Evangelio.

Se decía entre los vecinos que aquel hombre tan circunspecto, se llamaba Tomás del Villar Irigoyen, minero prominente del mineral El Boludo donde amasó una incalculable fortuna. Las puertas de la Madrileña jamás se volvieron a abirir mientras él vivó.

Se empezó sospechar que sus posesiones, todas en oro, las había ocultado en la cava, que es el nombre que se le da a aquella bodega o cuarto bajo tierra destinada a la guardar una gran variedad de vinos.

Pero como el madrileño, anterior dueño, nunca dejó entrar a nadie a la cava, no se sabía exactamente donde estaba la puerta.

Un lugareño al que apodaba el “Picaporte” trató de encontrar el sitio donde se rumoraba estaba escondido el dinero de don Tomás del Villar Irigoyen, pero para la mala suerte del minero  al escuchar ruidos en bodega de implementos y trastos, salió de su recámara y al tratar de cerciorarse de qué se trataba, recibió un fuerte marrazo en la cabeza que lo dejó sin vida al instante.

Nada encontró el asaltante convertido en asesino, pues el miedo lo puso tan nervioso que prefirió huir luego de cometer aquella fechoría que costara la vida al señor del Villar Iriogoyen.

Los Rurales nunca pudieron atrapar al asesino, sólo se sospechaba fuera el “Picaporte”, un consumado pájaro de cuenta que se volvió ojo de hormiga; lo cierto que la casona quedó maldita, abandonada, hasta que un comerciante criollo la compró por cuatro reales.

Por décadas nadie solía siquiera pasar por el frente del edificio al caer las sombras de la noche, pues se decía que el ánima de don Tomás se asomaba por una ventana con el rostro ensangrentado pidiendo justicia.

La Madrileña que hizo época, después de los trágicos sucesos, fue reabierta por su nuevo dueño y siguió fungiendo como changarro venido a menos .

Pasaron los siglos y el edificio seguía allí la esquina, de una de las calles más transitadas de la Villa, para el presente siglo ya acusaba un abandono y serio deterioro, y el modernismo dio cuenta hace apenas unos días de esa casona parte del otrora pueblo mágico.

 Podrán acabar con sus paredes, pero sus fantasmas reaparecerán en la nueva edificación ahora con mayor furia, pues pedirián justicia doble, o sea por un doble crimen.