altSUCEDIÓ EN SAN IGNACIO
DE CABÓRICA

San Ignacio llegaron varios españoles atraídos por su esplendor de la misión a la que el padre Agustín de Campos le imprimió gran actividad: y la amó tanto que jamás quiso salir de ella, aun habiéndole ofrecido un gran puesto en la ciudad de México.

Es más, ya en la ancianidad el noble sacerdote perdió la razón, por lo que muchos cronistas de la época dejaron asentado que “el P. Campos enloqueció en San Ignacio”.

Campos había visto la gran destrucción del templo, tanto el de San Ignacio como el que levantó en Magdalena de los Buquibaba a causa del levantamiento de los pimas y pápagos confabulados.
Al paso de los años cuando la misón se recuperó, y debido a la envidia despertada por los españoles al ver como la misión prosperaba tanto pues al no poder contar con mano de obra barata, dado a que el sistema misional implantado por la corona española protegía a los indígenas, estuvieron pugnando porque desapareciera el sistema misional.
Sistema injusto para ellos, pero no para los indios que dentro de la misión tenían toda la protección bajo la guía espiritual de los jesuitas.
Pero finalmente pudo más la insidia y el Rey Carlos III decidió expulsar a los jesuitas de todo sus bastos territorios, las misiones quedaron al garete.
De esta manera los iberos se quedaron no sólo con algunas posesiones de la misión sino como peones a su disposición.
Una de las ocupaciones de los peninsulares fue la siembra de trigo, y para ellos crearon un molino que para la época era de lo más rudimentario. Escogieron un sitio muy cercano al río en la cuesta norte del poblado pegado a las labores y en donde una acequia ademada con mampostería o calicanto que les era indispensable para mover una pequeña turbina de acero traía del viejo mundo junto con un trapichi.
Se cavó una fosa de unos siete metros de profundidad por dos y medio de ancho, se cubrió de argamasa y a este llamado “cubo” caía el agua que a través del calicanto llegaba hasta el molino.
Contiguo se levantó una galera para el producto.
Hoy en día se pueden todavía apreciar las ruinas de este primer molino de San Ignacio que data aproximadamente del año de 1780.
El cubo aunque lleno de arena si se limpiara se pudiera apreciar su profundidad. Sólo queda una esquina de los que fue la bodega y eso si el calicanto que es una obra de igeniería antigua luce perfectamente y durante todo el año lleva agua que cae al reducido cubo donde mucha gente va a bañarse o cuando menos a meter los pies.
La gente le llama “el calicantro de los Sánchez”, (le agregan la r), pero en tiempos pasados le llamaron al lugar “el molino del Ahorcadito”.
Don Servando Velasco Izaguirre “El Vasco” como se le conocía, era el dueño de este molino con un esplendor muy notable en toda la región pues el trigo llegaba por carretas para ser procesado; el español acaparaba la producción incipiente, pues la siembra era escasa debido a las frecuentes incursiones de los apaches, pero si se lograba almacenar harina para gran parte del año.
Por esos años de finales del siglo XVIII apenas si había un puñado de rancheros cercanos al pueblo, que contra todos los riesgos que representaba la incursión de los alzados salían a preparar su labores para la siembra, tocándole lo más pesado de este arduo trabajo del campo a los indios cristianizados pues la misión poco apoco fue despareciendo pese a los intentos infructuosos de Fray José María Pérez Llera que habiendo recibido la orden de no seguir con la misión, se negaba rotundamente, sin mucha suerte.
Don Servando Velasco “el Vasco” era como casi todos los de su raza, muy cruel y explotador de los indígenas a quien no le importaba si se enfermaban y morían. No era humanista como los frailes, antes al contario si tenía a sus órdenes a un Pimas enclenque se deshacía de él sin reparar en que aquel nuevo cristiano estaba desnutrido pues la ración de comida se las tenía muy limitada.alt
Pero para la mala suerte de los indios, el Vasco solía emplear el látigo, lo que nunca hubieran permitido los misioneros, antes al contario este hombre se ensañaba con los nativos tratándolo peor que bestias.
Su mujer le iba a la mano, pero el hombre con mirada de machete echando fuego por los ojos, era un racista consumado, siempre escupía por un colmillo presumiendo entre los suyos de cómo se debía tratar a “gente tan contumaz”.
”Indios patas rajadas”, los mentaba y les daba mejor alimentación a sus cerdos que a los peones a su servicio.
Tenía “el Vasco” un hijo como de 11 años, al que adoraba por ser enteramente rubio poco una espiga de trigo. Solía este adolescente salir a jugar por el campo a corretear mariposas y pájaros, y se entretenía en el molino viendo como éste trabajaba gracias a un mecanismo tan simple como lo es la gravedad del agua. Pero el chamaco había heredado de su padre el odio por los peones. Solía escupirlos y soltaba la carcajada. Hasta en eso se parecía a su padre.
Pero no todos los pimas se agachaban, tras las espaldas del hijo del dueño al retirarse se iban prendidas miradas de rencor.
Una tarde noche del 8 de diciembre de 1789 el chico llamado Fabricio, no regresó a la casa. Salieron a buscarlo por todas las labores, por los cerros y a lo largo del río Asunción. A nadie se le ocurrió echar un vistazo en el Molino.
Hasta la mañana siguiente porque los peones no se presentaron a trabajar ya que se hallaban amanecidos por la azarosa búsqueda del hijo del patrón; así fue como el propio Don Servando descubrió el cuerpo de su hijo pendiendo de una viga.
Aquel molino que era el orgullo del “Vasco”, no volvió a trabajar, quedó en el más completo abandono y al tiempo se fue destruyendo hasta quedar las ruinas que hoy se aprecian.
Otro paisano suyo construyó un nuevo molino a espaldas del templo, y al tiempo surgía uno más hacia el sur del poblado.
Pero en el calicanto nunca se volvió a parar nadie, como tampoco se supo quien o quienes llevaron a cabo aquel crimen, ya que el hijo del Gachupín difícilmente pudo haberse trepado y llevar a cabo su ejecución.
Don Servando contrario a lo que se esperaba que reaccionara con violencia, se sumió en una terrible depresión y los seis meses murió de dolor, y su viuda se ausentó para siempre.