Por Profr. Mario Bustamante T.

En las comunidades chicas existentes en la provincia mexicana han vivido singulares personajes hombres y mujeres que por lo peculiar de su comportamiento en la relación social con sus semejantes o por algún defecto

físico, y aun por enajenamiento mental, atraen la atención de la población; a unos los tratan con cariño y otros son objeto de burla y bromas a grados que llegan al canibalismo por lo “hiriente de la carrilla”.

Pero definitivamente es en las poblaciones mineras donde se da mejor este curioso fenómeno de la existencia de personajes singulares; por lo tanto en el mineral de Cananea han abundado estos seres, cuyo recuerdo guarda la memoria colectiva.

Esta crónica se refiere al del rey de los personajes del ayer, el más notable de Cananea cuya fama trascendió en muchas leguas a la redonda aun en el sur de los EE.UU.

Ya el título de esta crónica histórica indica el apodo con que generalmente se le conoció: “Carlitos Pochis”. Él decía, llamarse Carlos Flores, y debido a que siempre usaba pantalones cortados un poco más abajo de la rodilla, de ahí venía el que la Vox Populi (voz popular, voz de Dios) le hubiese aplicado el mote de “Carlitos Pochis”.

Don Carlitos explicaba el por qué de andar siempre con pantalones cortos, y se debía a que cuando su madre murió, ese día él vestía pantalones pochis o pantaloncitos cortos; esto fue cuando era un niño de doce años y debido a ello decidió vestir siempre así.

Además jamás usaba zapatos o huaraches, siempre andaba a “pata raiz”.

Don Carlitos explicaba que dicha costumbre se debía a que era indio Mayo, pero curiosamente era un hombre sumamente blanco y ojos claros, su cabello lo usaba al estilo de los indios Hurones de los grandes lagos que habitaban entre Estados Unidos y Canadá, es decir, un mechón alto por el centro y rasurado por los costados de la cabeza.

Bueno, el andar descalzo es un placer y de gran beneficio para el cuerpo al recibir de la tierra ondas y fluídos, práctica que sugiere la medicina más antigua.

El gran escritor y poeta Jorge Luis Borges dice: “Si pudiera volver a vivir comenzaría a andar descalzo, a principios de primavera y seguiría hasta concluir el otoño..”.

Pero don Carlitos andaba descalzo los 12 meses del año, y con sus cansabidos pantalones “pochis”; sin duda Borges pese a que se quedó ciego, se hubiera quedado atónito de haber podido ver a nuestro biografiado caminando descalzo sobre la nive de hasta 15 centímetos de altura y con temperaturas bajo cero centígrados.

En esta región del norte, el invierno es duro y cruel, tan es así que los libros de defunciones del Registro Civil de Cananea muestran que en los pasados años la mayor causa de fallecimientos se debía a afecciones de las vías respiratorias de chicos y grandes (bronquitis, pulmonía, neumonía, hipotermia, etc.).

Y en el pasado, antes de la destrucción ecológica de la región a causa de las actividades mineras, y por el funcionamiento de aserraderos que “pelaron” las sierras, el manto níveo subía hasta alrededor de 15 cms., y aún más, en las hermosas montañas que enmarcan el valle de La Cananea.

Dichas montañas don Carlitos Pochis las conocía como a la palma de su mano y las recorría de continuo, sobre todo en su juventud y madurez, siempre en busca de placeres y minerales; hay que decirlo que las minas eran su tema y obsesión favoritos, igualmente en la Sierra nunca usaba calzado.

Su vida fue un misterio desde su origen y fin, y la curiosidad pública siempre le acosó. Vivía en la avenida Durango entre las calles Cuarta y quinta Este, en la que había sido una casa de madera de dos plantas, como casi todas las que estilan por regla en Cananea, que se construyeron cuando la bonanza de este mineral alcanzó renombre internacional; pero la tal casa se desplomó quedando una masa informe de tablas y láminas, unas sobre otras, sin ton ni son.

Debajo de ellas habitaba y nadie en vida de él conoció el interior de tan singular morada (Sólo a mi hermano menor Francisco Eloy lo dejaba entrar pero al patio y nada más porque siempre le llevaba lonche y además porque Carlitos sabía que mi hermano era poeta y se fascinaba como nadie con ese mundo mágico).

Don Carlitos se veía obligado a acarrear agua en baldes desde las casas vecinas; criaba perros, sus fieles acompañantes de las montañas y montes, donde según él conocía la existencia de ricas minas.

Contaba Teresita Bustamante Maldonado (nuestra tía), vecina de don Carlitos, (quien con gran caridad diariamente le daba su ración de alimento), que el Gral. Ignacio L. Pesqueira lo trajo a Cananea como soldado.

Tal vez por ello se explique que la casa de este personaje colindaba con la que fuera del “Nachuele” Pesqueira, casona de dos plantas de ladrillo sin emplaste que aun existe aunque ya enjarrada y pertenece a descendientes de don Conino Ahumada). N de la R..

Era don Carlitos un conversador infatigable que lo transportaba a uno en las alas de la imaginación y con un poder alucinatorio.

Misma temática: ricas minas de oro y plata. Tesoros de españoles, añadiendo preciada dósis de filosofía y enseñanzas sobre la vida y la naturaleza; era fantástico oírle decir que en el campo, el aire le acariciaba el rostro, y que también platicaba con los animales, de que los venados se le acercaban para verle las piedras de colores que usaba en la toquilla de su sombrero. Por todo ello, su personalidad era magnética, podríase durar horas escuchándolo, embelesado y alucinado a la vez y, de tanto en tanto, decía “¿por qué no vas a traer un poquito de café o comida a tu casa para seguir platicando más agusto?”.

Esto sucedía cuando la plática era más interesante: “fíjate que no tengo con qué comer y me muero por un trago de café…”, decía.

Nuestra familia vivía enfrente de donde el moraba y por tanto cuando niños, sobre todo en las vacaciones o después de la salida de la escuela y, en las tardes, la visita a don Carlitos era obligada, es más, él iba a nuestra casa pero solamente pasaba al corral y al pie de las escaleras de madera esperaba pacientemente a que se le diera un caliente plato de sopa, frijolitos, tortillas, sin que pudiera faltar el café negro del que era tan afecto.

Regularmente quienes le conocieron pueden atestiguarlo, bebía el café en bote con capacidad para dos litros, eso si no fumaba, ni tomaba bebida alcohólica alguna.

Cuando salía de lo que era su casa encadenaba la puerta, pero qué podía perdérsele, si era a su decir, el más pobre de todos los mortales.

Era un conocedor a fondo de la psicología humana, de sus ambiciones y crueldad, ya lo veremos al fin de esta historia.

En las fiestas patrias se ataviaba especialmente para la ocasión, usaba un sombrero de tres pedradas, comunes en tiempos de la Revolución, como el que usaba el general Villa y otros connotados revolucionarios, los guardabosques y policía montada del Canadá; le agregaba una Toquilla con gemas grandes de varios colores, sobre todo verdes, rojos, amarillos, azules y un gran cinto de alambres con piedras aun más grandes que las del sombrero, no un cinto corriente sino bien hecho, quién sabe dónde y por quién, eso si descalzo y con sus infaltables pantalones pochis. Desde luego era la gran atracción para propios y extraños quienes le obsequiaban dinero.

Pero veamos algo de su filosofía extraña pero valiosa y sugerente, era una filosofía “ácida”; decía por ejemplo: “Antes los ladrones se le aparecían a uno en los caminos en la soledad y en la noche, pero hoy en día le salen a uno detrás de los mostradores de las tiendas”. (sin comentarios).

Y otra cápsula de sabiduría que él narraba con su estilo sin par: “Yo me voy a la sierra de cacería, duró por allá tres semanas campeando y ni un conejo me sale; en cambio al Coyote (Andrés 0. Córdova, banquero ganadero, prototipo del hombre rico) cuando él va ahí nomás en el “Golfito” (espaldas del Estadio de Béisbol) le salen los venados, los cuales se le hincan diciéndole: !mátame coyote por favor!. !Lo que es el dinero!, como él es el más rico de Cananea, como no, en cambio a mi nada, claro, como soy un pobre desgraciado…”

Aquí va otra: “A veces el Coyote Córdova me invita a ir a la sierra diciéndome: !Vamos para tomarte unas fotos con los venados!. Y acepto y vamos, estando allá salen los venados y el Coyote me dice: Ponte a un lado de ellos para retratarte, lo cual hago.

Después cuando me enseña las fotos ¿qué creés? nomás salen los venados y yo no, claro, como soy un pobre desgraciado. !Fíjate! lo que es el dinero…”

Y podría describir decenas de

lecciones, mas va esta otra, aparte ya del interés humano, que revela la ambición y desniveles sociales de posición clasista.

Al ver pasar volando un avión decía: “¡Lo que es la ciencia, el acero volando!…”

Había ocasiones en que norteamericanos y mexicanos ambiciosos iban con él para llevarlo como guía, organizaban viajes a la sierra donde los llevarían a alguna de las ricas minas que decía conocer. Llevaban mucha comida y café desde luego, él no ponía mas que su conocimiento de la existencia de las ricas vetas metalíferas. Se acababa la comida, desaparecía sigilosamente… Decía que las minas más ricas se localizaban en el Cerro del Apache (sierra del Hoyo-Bacoachi), Sierra de San Marcial y Sierra La Mariquita.

En ocasiones exclamaba: “¡Qué bueno sería ir a la sierra con mucho lonche y con la Coyito Bustamante”. (La Coyito era una hermosa mujer de la localidad).

Dióse el caso de que fuera víctima de un asalto en su domicilio, y a pesar de su ya avanzada edad golpeó con una espada a sus asaltantes, a pesar de su pobreza que saltaba a la vista, sus pláticas hacían entrar en sospecha a algunos.

Otros, cuando Carlitos (así le decían) salía al monte, lo seguían con el objeto de conocer la localización de las minas, pero conocedor como nadie del monte, se evadía fácilmente de sus seguidores.

Al paso del tiempo la humedad de su covacha lo fue dañando, asimismo la artritis y sus dedos empezaron a retorcerse y su cuerpo a doblarse, lo cual junto con el paso de los años finalmente acabaron con su vida. Se embadurnaba el cuerpo y cara con aceite quemado del que sacan de los motores, decía que era una gran medicina. Era lastimoso verlo tan blanco que era, embarrado de aceite.

Frecuentemente su “casa” o lo que parecía, era apedreada por chamacos de otros barrios, saliendo a contestarles con insultos

Una tarde de 1963 al regresar de la escuela y al salir hacia la parte posterior de la casa de mi familia, ví a mucha gente dentro del lote que ocupaba la “casa” de don Carlitos, la cual había sido desbaratada, y pensé de inmediato: ya se murió Carlitos y, de verdad me dio tristeza; baje y fui al lugar, observé a tanta gente cavando por todos lados.

Su muerte había sido durante la noche y quienes en la mañana se dieron cuenta, fueron los logrados. Era sorprendente, que aquel viejecito tuviera tanta riqueza. Hubo quienes corrían con botes llenos de alazanas de oro, hubo familias que se levantaron económicamente a su costa.

La policía recogió un gran baúl hasta el tope de monedas, quien sabe qué paradero tuvieron, porque nunca se informó al pueblo del asunto. Era presidente Jesús Ahumada Barreda y comandante Marco Antonio Durazo.

Carlitos había enterrado debajo de la ceniza gran parte de su riqueza, de entre las tablas se encontraron rollos de dólares, botellitas con polvo de oro, armas (rifles y pistolas, modernas y antiguas como las que usaban los

españoles durante la Colonia y de la Revolución; una montura forrada de lámina de plata, etc.) y las infaltables pepitas de oro. Yo no lo vi pero me lo contaron.

Sólo recuerdo que expresaba agradables “gracejos”, como aquel que se refería a que “¿ya se nos parquearía el águila?”.

Sus restos mortales fueron llevados al cementerio en la caja de un troque de los que se usaban por el Ayuntamiento para el servicio de tirar la basura, sin acompañamiento alguno. En un cajón rústico de madera y dejado

en un hoyo anónimo del panteón Severiano Moreno.

Se cumplió un destino sui géneris, fuera de serie. El rey de los personajes de un pueblo raro y excepcional, diferente al resto de la gran comunidad nacional.