A pesar de la leyenda de Bacadéhuachi contada por don Manuel Sandomingo que refiere como uno de estos indígenas al recibir una taza de atole por una ventana de manos de una mujer caritativa, dejó un nudito con pepitas de oro en agradecimiento, la realidad es que el apache es extremosamente vengativo y nunca se vio en ellos un solo acto de generosidad.

Jamás olvidan el agravio inferido.

El historiador Eduardo W. Villa comenta que cada poblado del estado de Sonora tiene una historia de asesinatos perpetrados por esa tribu bárbara, cada lugar conserva en forma legendaria los relatos espeluznantes de sus moradores del último cuarto de siglo XIX interminables sería el listado el inconcebible número de sus víctimas.

  Pero el 4 de agosto de 1886, de una manera inesperada y cansado quizá de su vida errante y de crímenes, o acosado tal vez por la tenaz persecución de que fue objeto por todos los suyos en la vasta extensión de sus correrías, el tristemente célebre indio Jerónimo, el Jefe de los apaches merodeadores del Estado, se presentó voluntariamente ante el señor Mariano Ávila, administrador de la Hacienda de Cuchuta, ubicada en el actual municipio de Fronteras y a escasos cuatro kilómetros de su cabecera, conduciéndolo este a su vez ante don Ismael Luna, Presidente Municipal.

El 4 de septiembre siguiente este temible cabecilla apache, previo los trámites correspondientes, era conducido por el brigadier Nelson A. Milles, del ejército los Estados Unidos del Norte, a las reservaciones creadas para reconcentración de los apaches en aquel país.

En el 19 de julio de 1890 tuvo lugar una conferencia en el puerto fronterizo de Nogales, entre general don Lorenzo Torres en representación del gobierno del Estado, y el brigadier Nelson A. Milles por el de la vecina República del Norte, encontrándose presente en ella también don Juan Fenochio, comandante que era de la Tercera Zona Fiscal en Magdalena, obteniendo el segundo la autorización necesaria para entrar al territorio nacional en persecución de algunos apaches que burlando la vigilancia de que gran objeto en sus respectivas reservaciones, se habían internado nuevamente a suelo sonorenses.

Con éste último acontecimiento tocaron a su fin las incursiones de los apaches a Sonora con beneplácito general de todos sus habitantes, excepción de 45 supervivientes de esa tribu que en 1928 merodeaban por Nácori Chico y que plagiaron a un niño de ocho años, pero mediante activa persecución se logró la captura, finalizando el récord de sus correrías con la pena capital, al ser pasados por las armas.
A veces la gente sueña acontecimientos, al día siguiente los recuerda y los cuenta dándole el carácter de verídicos sin imaginar que se está desfigurando la historia por la leyenda.

Pero si el cuento fantasioso, inverosímil, que muchas veces va más allá de la realidad agrada a los oídos de los que escuchan a los cuenteros, pues bien venido, ya que sucede que tales leyendas, en muchos casos vienen a ser ciertas al ser comprobadas al paso del tiempo.

Tal es el caso de la última correría de Jerónimo por el río Magdalena, conforme lo soñamos, o nos lo contó un anciano, o lo leímos por allí en algún grueso libro de historia, todo ello sin poder precisarlo.
Venía río abajo, el Asunción o Magdalena, que por esas fechas de 1880 contaba con mucha agua en cauce por lo que las haciendas estaba florecientes.

De uno de los pueblos ribereños del municipio de Imuris raptó Jerónimo a dos muchachas, la cuales montó sobre sus rodillas saliendo a todo galope procurando no le dieran alcance. Se decía que en cada brazo contenía, además de las indefensas mujeres, sendas carabinas con las que a su paso iba matando con tiros certeros a todo el blanco que tuviera la mala suerte de toparse con el fiero caudillo.

Era incómoda la postura, el ir encajado en un caballo sin silla, sólo la rienda, y a la vez llevar sujetada a cada muchacha con uno y otro brazo, y en cada mano un rifle haciendo tiros aparentemente al azar pero muy certeros.

Cuando ya se casó del amor forzado que le pudieron proporcionar las espantadas chicas, las dejó tiradas en el médano del río pues en Magdalena lo aguardaba un fuerte retén de la Gendarmería, internándose en los cerros como alma que llevaba el diablo.

Así era Jerónimo un ejemplo del asesino más consumado de quien se dice mató 300 seres humanos con sus propias manos y si tener piedad ni remordimientos.