**El Pantanito fue guarida del diablo con su legión de ángeles caídos
POR FRANCISCO ELOY BUSTAMANTE**
Paseando por el mundo, vio Lucifer que en El Pantanito había gente muy dada a la borracha y pendenciera, por lo que decidió habitar al pueblo con su legión de perversos ángles caídos.
El Pueblo en el camino de Santa Ana Viejo a San Isidro en Magdalena, fue fundado como descanso en una época en que se usaban carretas llenas con costales de harina producida en el Molino de don Hilarión Romo y Cienfuegos.
Este individuo era originario de Cataluña la vieja, y trajo vía marítima los adelantos de la época para elaborar harinas, valiéndose de gigantescas taunas que los nativos elaboraron bajo la supervisión de español quien era experto en esta industria de transformación en ciernes en las riberas del Río Asunción.
Los aldeanos del viejo Santa Ana, encontraron en la ranchería pima llamada El Pantanito fundada por el padre Aristeo Montesinos donde colocó una cruz, el lugar propicio para pernoctar ya que las carretas y recua de burros que era lo más socorrido por aquellos que no tenían bestias, por escasas.
En El Pantanito el templo pequeño y endeble construido por el padre Montesinos despareció. Muchas noches los visitantes del poblado, un puño de casas pero con muy buenas vinatas, bebían hasta quedar tirados por tierra entre choyas y sibiris.
Eran tales los bacanales de aquellos indios conversos a medias, que pasaron de ser rústicos peones de las haciendas, en salteadores y violadores, por lo que el camino de herradura fue cobrando fama de ruta insegura. Y quien se aventuraba por estos rumbos lo hacía bajo su entera responsabilidad conscientes de que de un momento a otro podría ser soprendido por esa gavillas de alcohólicos y depravados.
Decían la personas nobles y cristianas de los ranchos adyacentes que el diablo se había posesionado del poblado ya que los indios otrora salvajes pero conversos de acuerdo a las fuertes prédicas del padre Montesinos quien les había dado el sacramento del bautismo, estos haciendo caso omiso de los preceptos de alta moralidad y sanas costumbres de la nueva doctrina que la parecer les entraba por un oído y les salía por el otro.
Así estaba las cosas por esos años de 1723 cuando el diablo y su horda de malandrines a los que comandaba con gran facilidad y, como no si en cada uno de los indios había tomado alojo permanente un espírtu diabólico.
Más no contaba Lucifer y su ejército de malandracos que doña Engracia Moreno, una piadosa mujer como de unos 45 años se había puesto en oración y ayuno con el deliberado objetivo de hacer frente nada más y nada menos que al propio rey y de este mundo.
Se preparó doña Engracia y se amenecía rezando, para hacer frente al perverso rey del averno que había tomado carta de naturalización en este pueblo con apenas un puñado de habitantes.
“Vete a las ciudades grandes donde puedes agarrar de todo, diblo cabrón”, gritaba doña Engracia durante las noches con la puerta bien atrincada y la lámpara encendida.
Con el rosario en la mano enviaba al cielo jeculatorias y aves Marías para tener a raya a quien no le era nada grato.
Ella era una piadosa mujer que amaba a Dios, entendía la palabra de Dios y se había eregido en guardiana de la ley de Dios en el pueblo ya que autoridades civiles no las había al parecr; el crimen y las borracheras eran pan de todos los días, corría bacanora a raudales, y por lo que se veía las caballerías de los reales ejércitos españoles no hacían uso de presencia en este mayorazgo.
El maligno por su parte no estaba dispuesto a ceder ni un ápice, arreció su contraofensiva sacudiendo aún con mayor fuerza a los aldeanos hasta trastornarlos; se veían por las veredas hablando solos, alcohilizados sin remedio y con un verduguillo bajo sus ropas para lanzarse en cualquier momento sobre un transeúnte para robarle y si es posible matarle, y correr a comprar más licor.
Pero como no se podían mantener en pie, las personas que eran atacadas por uno de esos oprimidos del diablo, respondía con mayor fuerza encajando la daga o cercenando el cuello del asaltante. La sangre corrió por el poblado a torrentes.
Rezaba y rezaba doña Engracia hasta que al fin pudo sentir paz en su alma transida de dolor al ver a los suyos despedazándose unos a los otros. No había muchacha que quedara libre del acoso y violación más cruel por parte de los desalmados. Las labores se quedaron solas, nadie salía de sus casas y en la primera oportunidad, sobre todo de noche huían a sitios con más paz.
Le decían a doña Engracia que los acompañara, que se desistiera de sus pretensiones de querer doblegar a quien era indobegable, más ella insistía que el hijo de Dios sería quien daría la pelea final, quien alejaría al “chamuco” de El Pantanito.
La gran pelea contra los ejércitos del mal se dio en una era, quedó lista para limpiar el trigo y por lo tanto brillaba con la luna. Doña Engracia salió portando un crucifijo un tanto averiado y el rosario colgado al cuello. Conjuró a satanás, conminandolo a que dejara en paz al pueblo y su gente. ¡Basta de tanta perversidad!, replicaba la serena mujer con la vista firme en las sombras de donde de un momento a otro creía ella saldría el personaje de las pezúñas de chivo a agredirla.
Ella estaba dipuesta a morir de ser preciso, pero no fue así; lucifer no quiso o no pudo enfrentarse a aquella valerosa cuan piadosa mujer que lo reto vez tras vez, a poner pies en polvorsa y no voler osar jamás molestar a El Pantanito.
Al día siguiente el aire se respiraba más puro y con una sensación de paz, tan bonacible que los hombres se quedaron dormidos hasta ya tarde, despertando con la mente como si nada hubiera pasado; por lo que esa mañana se reincorporaron a su tareas.
Una tumba del viejo panteón contien los restos de doña Engracia Moreno, la valerosa mujer que con el sólo poder de la fe enfrentó al príncipe de las tinieblas hasta hacerlo salir por piernas del poblado.