SUCEDIÓ EN EL VIEJO OPOSURAPOR ENRIQUETA DE PARODI

Corría el mes de mayo de 1914, durante muchos años, Moctezuma había sido la cabecera del Distrito del mismo nombre; era población alegre, pintoresca, semilevítica, apenas modificada por la efervescencia revolucionaria.

El pueblo, está situado al sur de Cumpas, otra población fundada también por los Ópatas, y que tiene un amplio historial en los anales revolucionarios.

Como toda ciudad vieja, en los muro arcaicos y en los carcomidos tapiales de Moctezuma, había más de una leyenda escondida, que en las noches de invierno adormecía a campesinos y a ciudadanos.

 Moctezuma a diferencia de Cumpas, era la ciudad aristocrática, residencia de los hombres que formaban los más fuertes capitales del Distrito; viejas casas semicolonia les de patios florecidos prestigiaban la alcurnia de la simpática población, y hermosas mujeres despertaban la admiración de propios y extraños.

Razones que ignoro, llevaron a mi madre a Moctezuma, y a mis instancias la acompañé; pronto no hubo calle ni calleja que yo desconociera ni leyenda que ignorara….

Para ello tenía los mejores guías en dos chicas monísimas, que a la salida de misa de once, me  llevaban a recorrer sitios pintorescos por las calles bañadas de sol. Un atardecer, charlábamos sobre asuntos intrascendentes, cuando pasó a nuestro lado un viejo alto, encorvado por la edad, pero en cuya figura se adivinaba no sé qué de misterioso a la vez que de atrayente.

-Mira- dijo una de mis compañeras-, allí va don Matías, ¿qué nueva leyenda andará “urdiendo” para seguir sacando tazas de café?
-¿Y en qué forma lo hace? –inquirí.

-Este viejo es un Matusalén –dijo Eva-. Sabe la historia de todo Moctezuma de un siglo a la fecha; a cada gente le saca su milagro, y cuenta cada mentira, más grande que la catedral; sin embargo, a veces cuando no tenemos que hacer, le invitamos al café y le hacemos que nos cuente algo del tiempo pasado; nos divierte de verdad…
-Pues es necesario que antes de que yo regrese a Cumpas le invitemos una tarde para que nos cuente una leyenda –dije a mis amigas.
 

No era problema difícil concertar una cita con el buen viejo; así que al día siguiente, en el patio de la familia Sánchez, sentado don Matáis en una cómoda mecedora, y rodeado por un grupo de cinco muchachas curiosas, dio principio a la fantástica leyenda así:

“Tendría yo unos ocho o diez años, cuando conocí a un hombre que debía tener cerca del siglo de edad; estaba perturbado de sus facultades mentales, y era frecuente verle horas enteras de pie, en la esquina de una calleja formada por la calle Juárez, y un amplio baldío que durante muchos años existió.

 Una noche, en mi casa habían cenado varios amigos de mi padre; y no se a propósito de qué, recayó la conversación en el viejo don Nicolás y en la causa de su locura.

Al parecer, mi padre sabía la historia y se dispuso a contarla pero antes, me hicieron despejar el lugar….
 A esa edad, mi curiosidad  fue más fuerte que todo y fue muy sencillo para mi, colarme por una puerta y esconderme detrás de una mampara desde la que me era fácil escucharlo todo.

 Era don Nicolás en sus tiempos –dijo mi padre- uno de los hombres más arrogantes y más ricos de Oposura; joven soltero, era el mejor partido de la población, y más de una muchacha de las más bonitas bebía los vientos por él….

 Su soltería, empezaba a dar qué pensar, y al poco tiempo para nadie era un misterio que estaba enamorado de una hermosa mujer, casada con la máxima autoridad del distrito.
 Muchos trasnochadores, contaban que a las altas horas de la noche, se le veía envuelto en su capa, calado el sombrero de anchas alas, detenido en la esquina del Callejón del Cuartel, esperando….

 Unos años hacía que aquellos ilícitos amores eran la comidilla de las gentes, cuando empezó a  notarse un cambio en la manera de ser de don Nicolás. Marchaba a veces por la calle, y si escuchaba el rodar de un coche detenía la marcha inmediatamente, y con gesto expectante esperaba el paso del vehículo.
 

Las personas que observaban esto, encontrando raro el suceso, cuchicheaban, y empezó a correr el rumor de que don Nicolás estaba loco…..

Cuando no hubo duda alguna sobre el desequilibrio del pobre hombre, uno de sus íntimos esclareció el misterio.Don Nicolás tenía íntimas relaciones con la esposa del señor X y después de media noche, se entrevistaban en una pieza apartada del viejo caserón que ocupaba la dama. Percatado el marido celosos de que su mujer le era infiel, para ponerse a salvo de murmuraciones, una noche lóbrega y triste, la condujo en cerrado coche, por difíciles caminos, hacia un sitio solamente conocido por él.

Largas noches de espera pasó el enamorado don Nicolás esperando la contraseña de la bella para entrar al improvisado paraíso de sus culpables amores, inútilmente… Los días se sucedieron en carrera lenta, dolorosa, pero no volvió a saber de la mujer amada; el dolor fue poco a poco abriendo una brecha hacia la locura, y una noche, mientras esperaba en la esquina de la calleja donde siempre lo hacía, escuchó en el silencio, el rodar de un coche sobre el empedrado…

Inusitado era el caso y por ello se quedó para ver quién, a tales horas, pasaba en coche por aquellas estrechas calles, pronto el ruido arrancado por los cascos de los caballos sobre los adoquines de la calle, estuvo tan cerca de él, que retrocedió hacia la pared para evitar el atropellamiento; pero sin haber logrado ver “la carretela”, la sombra proyectada por el vehículo pasó untada a las piedras de la calle, mientras una voz angustiosa salida de no sabía dónde, le llamó tres veces; “¡Nicolás! ¡Nicolás! ¡Nicolás!”.

Aquella primera vez, pensó el mozo que sus noches de vigilia habíanle ocasionado un debilitamiento que, agudizado por dos copas de licor bebidas hacía poco, le habían hecho ver visiones; pero a la noche siguiente, y las sucesivas, el fenómeno se repitió exactamente igual; y fue entonces cuando todos en Oposura,

empezaron a darse cuenta del extraño modo de obrar del pobre mozo; los coches le inspiraban repulsión, el suyo, no volvió a salir de la cochera, y raras preguntas hechas en todos los sitios que frecuentaba, hicieron que nadie pudiera dudar de su estado mental.

 

Fue la suya una locura serena, sin sacudidas fuertes; por largos años siguió haciendo la guardia en la esquina de la calleja donde antes esperaba la dulce contraseña amada…. Muchos de sus contemporáneos murieron, el mismo marido celoso y vengativo, se había alejado de Oposura, y muerto lejos; pero el pobre loco, seguía alimentado la ilusión de que algún día, la amada debía volver.

Cuando ya su figura alta, envuelta en la negra capa era exótica en el medio adelantado de Moctezuma, cuando hasta el nombre del pueblo había cambiado y las costumbres y las cosas también, en el fondo de un precipicio, fueron encontrados los restos de un carruaje, despeñado quizá accidentalmente hacía muchos años; pues el esqueleto de una mujer y las osamentas de un tron

co de caballos, así lo hacían pensar.

Fue entonces cuando las gentes se dieron cuenta de que en su venganza, había sido excesivamente cruel, la misma autoridad del Distrito.
Y el amigo de don Nicolás, que sabía lo que había originado la extraña locura del enamorado, pensó y comentó, que de seguro aquel coche fantasma, que misteriosamente pasaba noche a noche, y aquella voz de mujer que salía quién sabe de qué recóndito sitio, eran los mensajes que desde el más allá, venían a consolar al pobre hombre que todavía esperaba….

Cuando se supo el trágico final de la hermosa infiel, la gente, dada siempre a las consejas, empezó a llamar a la calleja, la “del coche fantasma” y cuentan muchos, que por curiosidad, o envalentonados por unos buenos tragos de vino, fueron más de una vez, a las altas horas de la noche, a esperar el paso del carruaje; y, cosa rara,

varios fueron los que escucharon sobre los adoquines callejeros, el chirriar de las ruedas, y el chasquear de un látigo, en premura de carrera. Nunca vieron la sombra del coche, pero si escucharon una voz suave, un semejo de lamento que parecía modular en el silencio lóbrego: “¡Nicolás! ¡Nicolás! ¡Nicolás!…”

Y duró largos años el calvario silencioso del pobre loco, terminó Matías; un amanecer el sereno le encontró rígido, en la esquina de la calleja… y lo raro fue, que al trasladarlo a su casa, todos lo que estuvieron cerca de él, comentaban aquel persistente perfume de violetas que emanaba de la barba y de la cabellera emblanquecida del pobre viejo…

De violetas era el perfume que usaba la amante de don Nicolás….

Hace treinta años, todavía se santiguaban las mujeres al pasar por la estrecha calleja –comentaba don Matías.Y hace veintiséis años que el viejo Matías me contó esa leyenda, y todavía siento la impresión del misterio que emana de las calles estrechas y los muros carcomidos de aquellos pueblos.

Copiado  del libro “CUENTO Y LEYENDAS” de Enriqueta de Parodi.
3ª. ediciónPrimera edición 1944
Segunda edición 1954
Tercera edición  1966